Los rituales de escritura

Creo que he leído sobre los rituales de escritura en bastantes libros, se mencionan, a veces como de pasada, en varios libros de cretividad, de técnica narrativa, en los materiales didácticos que nosotros mismos escribimos para la Escuela; los mencionan a veces en entrevistas a escritores, y también a otro tipo de artistas como pintores. O deportistas. Al parecer tener un ritual concreto antes de comenzar a realizar una tarea que realizamos muchas veces, ayuda. Yo tengo muchísimas manías, me temo. He llegado a convertir mis manías en rituales de escritura, cuanto más escribo más manías salen, más rituales. Este verano me propuse escribir sin parar hasta acabar una novela corta que tenía empezada hace seis meses. Y el tema de los rituales en este proceso adquirió una importancia tan grande que casi me da verg¸enza reconocer. Las primeras ochenta páginas del borrador —el núcleo duro, ese momento que sabes que ya no puedes dejarlo porque tienes un buena parte del trabajo hecho—, lo escribí en un camping. Un camping de Portugal, lo bastante grande y aislado como para no tener que salir de ahí en los quince días salvo para bajar a la playa. Una playa lo bastante vacía Seguir leyendo

Disfrutar de la ficción

Anoche soné con un gato gris. Estaba infectado de una enfermedad extraña, era contagioso y había que matarlo. Matarlo para no morir con él. Toda la gente a la que quiero estaba encerrada en un edificio sin salida con el gato infectado. El ascensor estaba bloqueado y no podíamos salir. Teníamos pocas armas. Y no queríamos matar al gato, yo no quería matar al gato. Me desperté a las siete tan tranquila, otro sueño relacionado con la película que había visto por la noche, o el libro que había leído, o lo que fuera que había escrito. Si no sabes que es un sueño no lo disfrutas. No es como una película de terror, que la disfrutas porque sabes que es una película. Ese gato gris va a contagiar a toda las personas a las que quieres, y eso no hace ninguna gracia. Hasta que te despiertas y todo explota como una burbuja. No hay gato. No hay infección. Nada, ni edificio. Vale, sería mucho mejor saber que es un sueño. Igual que sabes que la ficción es ficción, y entonces te dejas llevar. No hay gato. No hay infección. Nada, ni edificio. Es todo un juego. Nos entretenemos mucho Seguir leyendo

Los chinos no toman café

Conversación mantenida una de estas mañanas laborables a pie de barrio. Son las 9.45 de la mañana. El todo a cien de mi calle está cerrado, cosa rara, porque abren siempre a las 9.30 y cierran, como pronto, a las 22.00. Un señor está junto a la puerta, con la nariz bien pegada en el cristal. Dentro hay luz. Me acerco, se aparta un poco mientras intento abrir la puerta. Está cerrada. —Qué raro. Habrán salido un momento —digo, en un intento de comunicarme con los vecinos. —Los chinos no toman café. ¿No? —me dice—. No toman café. ¿Qué se responde a una pregunta así? —Bueno, ya volverán. Yo vengo en un rato. —Es indignante —dice—, no avisan, ni nada. ¿Quién se han creído? Si no toman café. Le miro. —Habrán salido un momento —digo. Nunca he visto este todo a cien cerrado, ni a la hora de comer, ni los sábados, ni los domingos. Ni los festivos. —¿Sabes dónde hay otros chinos? —me pregunta. Le digo que no, que no hay ninguno así de grande. Bueno, tres manzanas más arriba hay otro, pero no se lo digo. Hago ademán de irme, pero me sigue hablando. —Es que claro, estos Seguir leyendo

Un poco de limpieza: blogs recomendados (1)

Hace algún tiempo que no actualizo la parte derecha de la portada, donde recomiendo y enlazo blogs. En parte porque hace muchísimo tiempo que no me había puesto a hacer limpieza. Y también porque hace muchísimo tiempo que perdí la costumbre de leer blogs de una manera habitual. Ahora, por culpa de las redes sociales y gracias entre otras cosas a Google Plus (me ha tentando mucho tener tan a mano un buen lector de RSS) no he podido evitar hacer limpieza. Ya que estamos. Cosas del verano. Así que en primer lugar he quitado a todos los blogs y páginas que llevaban más de un año sin actualizar contenido. Y he descubierto algunas sorpresas interesantes, por ejemplo la nueva página personal de Joaquín Bernal, a la que le he visto dar vueltas y vueltas todos estos años. Espero que por fin se quede quieta y actulizada, que siempre es un placer de visita. Y de todos los viejos enlaces que tenía por ahí se han salvado los que siguen activos: el blog del incombustible Enrique Páez, las entradas siempre variopintas de mi amigo Ina en Asia, Buda y rollitos primavera, el oasis paralelo de Vae Victis y el también Seguir leyendo

Eso que nos invade

Soy un árbol de tronco fino. Tengo un tronco fino pero mis raíces largas están bien metidas en la tierra. Mis raíces, incluso, salen hacia fuera de la tierra, se corvan un poco, y aunque nadie llega a tropezar con ellas porque no tienen esa longevidad callosa propia de las raíces, asoman oscuras a los pies de mi tronco. Algunos las ven. Yo las veo. Miro mis raíces desde arriba como si no fueran mías. Si aprieto los poros y las esporas y crujo por dentro del tronco noto mis raíces. Las que están bajo tierra. Las que me sostienen. Las que me conectan con todo eso que me sostiene. Tengo muchas ramas, muchísimas, con miles de hojas de distintos tamaños. Las hojas se mueven con el viento y me distraen, me mantienen entretenido.

Un poco de mundo

El mundo es redondo y gira fuerte. Redondo como un ojal. Y tiene frío, y música en las ventanas, y asperezas. Asperezas que se encogen de puro gris. En la calle hay pájaros que me miran y me siguen, vuelan bajo, pegados a mi cabeza. A veces los pájaros que me siguen casi se chocan con las baldosas.

Y el puente del abismo

Sigo de pie delante del acantilado. El bosque, ese de árboles frutales, sigue estando a mis espaldas. Y también la cabaña, con sus mismas maderas nobles y su olor a leña. Tal vez, eso sí, un poco más húmeda, con incluso alguno que otra teja nueva e inesperada —pero cabaña al fin y al cabo—. Sólida, enteramente sólida. Y me distrae del acantilado, las cabañas siempre distraen de los acantilados —protegen de los acantantilados—. El mismo acantilado de siempre, que sigue donde estaba, solo a un paso. Y resulta que —quién lo diría—, al final es solo tragar un poco de saliva para que el puente se haga visible donde siempre ha estado, entre la maleza. Ese puente que lleva al otro lado del abismo y que, aunque lo tenías delante, no veías hasta dar ese paso un poco a ciegas, como a lo tonto. Como quién no quiere la cosa.

Un ser vivo que respira

Hace unos días, muy pocos, empecé a ir a Sol. El jueves me pasé un rato corto, más con intención turística y curiosa que otra cosa. Por mucho que vayas con esa intención o sin saber nada del asunto el campamento te atrapa. Y no hay otro sitio después donde se pueda ir, ni otra cosa que se pueda hacer. He pasado muchas horas allí el viernes, el sábado, y el domingo. Y aún estoy maravillada de lo que es. De lo que está siendo posible. En Sol. En el centro de Madrid. En toda la plaza. Y en las calles de alrededor, porque la acampada se extiende y se respira por toda la zona. Es un ser vivo. Y claro que respira, va creciendo como sin querer, con una mezcla de organización perfecta y caos que le da vida a borbotones. Pasas por allí y no ves manos quietas, ni siquiera a las ocho de la mañana cuando están despertando: ya hay gente en los puntos de información, ya hay gente preparando desayunos, y gente que se ha quedado despierta toda la noche. Gente actualizando la pizarra con la lista de cosas necesarias y urgentes para el día. Manos. Seguir leyendo