Del tamaño de un bolsillo

Desde que murió papá, he pasado más tiempo en el bolsillo de mi hermano que en ningún otro lugar. Mucho tiempo, casi tanto tiempo como en la caja de música que redecoró para mí. De la caja de música al bolsillo, del bolsillo de mi hermano a casa. Yo no medía más de quince centímetros, uno por cada año de vida. Los médicos decían que iba a seguir el proceso de crecimiento normal para mi tamaño, y que no sobrepasaría los veinte centímetros en la edad adulta. Pero yo tenía la esperanza de seguir el ritmo del centímetro por año, y tal vez en mi vejez llegar a alcanzar el metro. Siempre que viajaba en el bolsillo me acompañaba el reloj de mi hermano, un reloj de plata vieja, que movía las agujas rítmicamente como martilleando hojalata. Un ruido molesto para cualquiera, pero al que me había acostumbrado, y cuando no estaba cerca, lo echaba en falta. Ya me había acostumbrado a los ruidos de la calle y de la ciudad, pero al principio me aterrorizaban.

Gafas japonesas

Hermanita siempre las llamó gafas japonesas, estas gafas tan cursis que se llevaron durante un tiempo, de las que tienen los bordes de arriba puntiagudos hacia fuera, como cuando te estiras los ojos para poner cara de japonés. Hermanita las llamaba así, gafas japonesas, porque le recordaban a cuando yo me estiraba los ojos para hacer de japonés. Ella nunca había visto a un japonés. Yo le dije que no existían, que no había gente con los ojos estirados, que era mentira. Hace una semana vino al pueblo a exponer una fotógrafa con nombre chino, japonés, o lo que fuera, con muchas letras. Hermanita se escapó de casa cuando me despisté, y corrió a la exposición para verle los ojos a la japonesa. Cuando me di cuenta fui detrás, pero no la encontré por ningún sitio. Esperé un buen rato en la puerta de entrada de la exposición, pero no salía. La última en irse fue la fotógrafa japonesa, con unas gafas oscuras, color rosa, de las que tienen las puntas estiradas, pero no había visto a ninguna niña. Hermanita lleva una semana perdida, y no la encontramos.

Medio banco

…l subió a casa un banco de la calle, de madera, con una fecha grabada. No era un banco completo, le faltaba la mitad del centro, como si hubiera encogido con la lluvia. Cuando se sentó en el banco, abajo en la calle, se dio cuenta que se balanceaba, le faltaban los tornillos de la izquierda, y los de la derecha estaban flojos. Los ayudó a salir, empujando con la uña, y subió a casa el medio banco de madera. Lo plantó en el centro del salón y se sentó de espaldas a la puerta. Cuando llegó su mujer, no dijo nada, se limitó a sorprenderse en silencio. Se acercó al banco y le dio dos vueltas completas, en los dos sentidos, por si veía algo extraño en los ojos de su marido. Todo estaba bien, él simplemente estaba sentado de espaldas a la puerta. La mujer se quedó por detrás del banco, vio la fecha grabada en el primer tablón, en el tablón que su marido recostaba la cabeza. Los números estaban bien marcados, hundiéndose en la madera, como oscuros. Los tocó para asegurarse que estaban ahí. La fecha correspondía al día de hoy.

Libros de bolsillo

El doctor Soto era un enfermo mental. Su enfermedad, los libros de bolsillo. Decían que no existía cura alguna. Compraba todos los libros de bolsillo que salían al mercado, en todas sus ediciones, desde 1993. Al poco tiempo tuvo que trasladarse a una casa más grande con más metros cuadrados para estanterías. No podía salir a la calle sin una mochila repleta de libros de bolsillo, no se sentía seguro, no era él mismo. Le gustaban porque tenían tapas blandas. Su obsesión era tal que nada más ver a una persona por la calle, en el autobús o en el metro que leía un libro de bolsillo; se acercaba hasta ella sin importarle nada más que leer el título, el autor, conocer la editorial, la tipografía. Era un experto. Llego el día que tuvo la necesidad de escribir su propio libro, contando la historia de un loco que coleccionaba libros de bolsillos. Se lo publicaron al poco tiempo. No tuvo más remedio que suicidarse. La editorial lo sacó a la calle ilustrado y con tapas duras.

Bob

Conozco a Bob desde que vine a vivir con mi tía. Bob es un tío tranquilo. No es que tenga pachorra, ni que se tome las cosas con calma. No. Es tranquilo, no se altera nunca. A mi primo, el pequeño, le pone nervioso. Bob se sienta en una silla de la cocina con sus ropas anchas y escucha. Escucha y fuma, en cantidades iguales, tabaco de liar de una marca extraña. Mi tía dice que Bob en vez de luchar contra el mundo deja que el mundo se incorpore a su interior, asimilando todo. Mi tía siempre habla así, con moraleja. Nunca he visto a Bob discutir. No es tampoco que esté súper seguro de sí mismo. Es como si siempre te concediera el privilegio de la duda. Tampoco habla mucho, y cuando habla no levanta la voz.

Amor de lluvia

La gente se reía de él cuando contaba sus lluvias. Contaba que la lluvia le perseguía a todos lados, desde que era un niño amigo de los paraguas. Su madre le regaló un chubasquero azul, unas botas de agua y un paraguas a juego, en una de sus primeras Navidades. En el pueblo donde vivían llovía mucho. A él le gustaba la lluvia, le gustaba chapotear en los charcos y calarse los pies cuando el agua entraba en las botas. Los charcos eran tener un pedazo de toda esa agua que caía del cielo, para solo para él, para pisarla, salpicar y hacer ruido. Pensaba que así crecería a lo alto, como los árboles crecen con la lluvia. Pero lo único que consiguió fue una pulmonía. Estuvo enfermo un par de semanas, y su madre empezó a tener miedo de la lluvia. Le regaló el paraguas azul, las botas de agua, y el chubasquero a juego.

El pintor de lápices

Llenaba las baldosas de formas y colores. Le gustaba el trazo de la tiza. Cuando llovía o hacía demasiado viento, pintaba debajo de algún techo, balcón, algún toldo o arcada. Un domingo encontró un lápiz tirado en su baldosa preferida cerca de la catedral. Alguien debía haberlo olvidado allí, nadie abandona un lápiz recién afilado. Hacía mucho tiempo que no levantaba un lápiz. Para las baldosas siempre fue mejor la tiza. Ese domingo dibujó un lápiz azul y dorado en la baldosa, olvidando por completo las gárgolas de la catedral. Lo imprimió en una fila de baldosas seguidas. Diferentes colores, diferentes formas del mismo lápiz perdido.