Buscar el caballo de metal

Escribir es como pescar. A veces tengo la sensación de tirar hilos al mar. Sé que en el mar hay peces. Sé que soy buena pescando, que tengo suerte. Pero escribir es mucho mejor, es menos frustrante. Porque si espero con paciencia, algo acaba picando. Siempre. Si dejo de pensar que tengo que pescar un pez, que me estoy muriendo de hambre y que si no pesco, no como; si dejo de pensar eso es cuando los peces pican. A veces lo finjo un poco, me hago la distraída, pero también funciona. Incluso a veces cuando me salto todas las normas y le grito al pez de las profundidades que pique de una vez, el pez de las profundidades pica. Escribir es mucho mejor que pescar.
Otras veces es como caminar un poco a la deriva. Sabes dónde vas, tienes una idea más o menos clara del aspecto que tiene el lugar al que te diriges. No has estado nunca, pero sabes, por ejemplo, que es un pueblo marítimo pequeño y bonito de la costa donde la gente habla francés, y sabes que hay una plaza de piedra que tiene una escultura de un caballo.


Eso lo sabes seguro, así que cuando veas la escultura del caballo sabrás que has llegado. Qué narices, te montarás en el caballo a riesgo que te pongan una multa, porque ese caballo lo llevas persiguiendo desde el principio del viaje. Era lo único que querías ver. Era lo único que tenías la seguridad que iba a estar allí al final. ¿El pueblo? Pues al final resulta que no solo hablan francés, que no es tan pequeño como pensabas. Que ni siquiera es bonito, que está tan lejos de la costa que llamarlo marítimo es una temeridad. Pero tiene la escultura del caballo, vaya si la tiene. Bien puesta en el centro de la plaza.
Pero eso es solo al final, cuando llegas. Si llegas. Te pierdes por el camino, claro. Porque el camino no lo tienes. Sabes que es más o menos por ahí, pero das muchas vueltas. A veces tienes suerte y preguntas a gente que te dice la verdad. Otras no, y tienes que desandar lo que has andado, tal vez, durante días. O te rompes un pie, y entonces no puedes seguir andando un tiempo. O te encuentras a una muchedumbre que te entretiene y te olvidas del pueblo, del viaje, de todo lo que has pasado por llegar hasta ahí.
Pero aún en esos momentos piensas en el caballo. Sabes que existe, es lo único de todo que no pierdes de vista. Porque de repente cuando crees que has dejado de pensar en el caballo, que en realidad lo que tú quieres es olvidarte del puñetero caballo porque al final no va a ser ni tan bonito, ni va a estar tan bien hecho como pensabas, porque tal vez ni siquiera sea un caballo a tamaño real, es cuando dudas. Un poquito. Llega la duda haciendo sitio, y la duda ocupa más espacio que el resto de cosas. Le das coba y entonces imaginas que el caballo tal vez no es de metal, que es mucho mejor, que puede ser de carne y hueso, y que como no te des prisa cuando llegues a la plaza se habrá ido. Entonces coges tu pie roto y sigues camino como sea, sin despedirte ni siquiera de la muchedumbre. Porque nunca has visto un caballo de carne y hueso, y eso cobra de repente toda la importancia que tenía. Así que sigues caminando, otra vez. En el fondo sabes que las esculturas no pueden cobrar vida. Pero bueno, si el caballo es de metal y pasa mucho tiempo, puede llegar a descolorirse. O peor, lo pueden cambiar por una escultura de estas modernistas que no significan nada, y si hacen eso nunca podrás perdonártelo.

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