Dieciocho de abril

´Hace treinta años, en un hospital pequeño, de Angra dos Reis, en un día templado de principios del otoño brasileño, nacía Mariana Torresª. Esto dijo mi padre cuando me llamó por teléfono. Era otra vez dieciocho de abril, era lunes, y me había escapado de todos para regalarme el día. Salí de casa a primera hora con una mochila, un bocadillo y un cuaderno —huyendo del ruido de las obras de los vecinos— y caminé a la deriva, intentando meterme por calles por las que no había caminado antes. Subiendo a autobuses al azar. Siguiendo a personas que parecían no saber dónde iban. No es tan difícil perderse en una ciudad que conoces: solo hay que dejar de pensar.
Cuando llamó mi padre la deriva hizo que estuviera sentada en la Estufa de las Palmas del Jardín Botánico. Es un paraíso húmedo en medio del jardín, diminuto y algo escondido, que normalmente está desierto. Como mucho, en un laborable como el lunes, entra de vez en cuando un niño de cinco años gritando hoooola desde la puerta, y cuando te descubre sentada tan quieta entre el musgo piensa que llevas ahí desde siempre y te señala con el dedo, tan contento. ´Mira, papáª, dice, tan serio.
La Estufa de las Palmas está cubierta de cristal, es un invernadero antiguo ya, del siglo pasado —o del anterior—. Al fondo tiene un estanque verde, agua que cae por las paredes, grandes masas de musgo y peces de color naranja. Helechos gigantes. Casi, casi, estaba otra vez en Brasil.


Del Parque del Oeste al Jardín Botánico, y del Jardín Botánico al Parque del Retiro. Esa fue mi ruta. Juro por mis fresas que no la tenía planeada, las calles me fueron llevando y el autobús al que subí, casualmente, pasaba por allí.


En el Parque del Oste había visto una cacatua verde picoteando el césped entre las palomas, y en el Retiro me encontré —más bien él me encontró a mí— a un profesor de Kung Fu y aprendiz avanzado de Tui Na que me colocó todos los huesos de la espalda y después desapareció entre los pinos. Los huesos. Todo, ese dieciocho de abril, apuntaba a la tierra, y todo apuntaba a los huesos. Los huesos que se arquean como flores. En algún punto de la raíz esto crea sentido.
Salí del Retiro por un portón cualquiera y la aleatoriedad me trajo otra sorpresa. Un amigo que pasaba justo en ese momento dentro de un autobús con el que me crucé miró por la ventanilla —nunca mira por las ventanillas— me vio, bajó del autobús varias paradas antes de la suya y caminó derechito a darme un abrazo.
Para el atardecer ya no pude evitar los planes y los pensamientos, los dejé entrar para que no estorbaran mucho —son como mosquitos—. Así que me subí a un autobús que esta vez sí sabía donde iba y bajé en el Círculo de Bellas Artes. Faltaban veinte minutos para que cerraran el ático. Compré la entrada y subí hasta la planta siete. Corría el mismo viento que a veces teníamos en la cubierta del barco, y Madrid cabía en la palma de una mano.
Y estaba empapado de colores.

4 pensamientos sobre “Dieciocho de abril

  1. Por estas tierras (más específicamente: sobre las que camino siempre yo) existe una versión aggiornada del Happy Birthday, especialmente confeccionadas para políglotas y niñas ecologistas. Dado que es una conjunción nada común, no se canta muy seguido.
    Se titula «Apio verde tuyú» (es que la inventó alguien en Mar del Tuyú, un balneario en Argentina, y quisieron dejar constancia del lugar de procedencia) y dice:
    Apio verde tuyú,
    Apio verde tuyúuu
    Apio verde diar Mariaaannnnn
    Apio verde tuyúuuuu!!!!
    (Cuidarse de desafinar prolijamente en este último verso de modo tal que el cántico parezca ser realizado por una manada de lobeznos en una noche de luna azul)
    Estoy segura de que me vas a entender si te digo que, aunque no te conozca, saber que existe gente que mira el mundo del modo en que vos lo hacés, es una noticia mucho más que buena.
    Gracias, y que sean muchos más, mucho más hondos, coloridos, perfumados y vivos, los momentos que están por venir (los que están viniendo desde hace mucho tiempo).
    ÁUn abrazo!

  2. Jajaja, pero qué bueno, gracias. Mañana almuerzo apio en tu honor :-)
    Me alegra que llegue gente a la orilla, que uno canta al viento sin ningún tipo de intención y resulta que el viento va y arrastra todo por los mundos. Bueno es saberlo.

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