Copenhague, sus pasos

Copenhague está hecha de niños. De niños que visten trajes coloridos de esquiar y sombreros puntiagudos de lana. Niños que tiran de trineos vacíos por la nieve. Niños que abren tanto la boca al escuchar los coros de Navidad que no les entra en el cuerpo ni un poco del frío que hace. Niños que viajan con sus padres en unas bicicletas tan equipadas para ellos que tienen capota, y asientos, y timbres propios. Niños que, cuando crecen se hacen altísimos, muy rubios, y hablan entre ellos sin conocerse de antes y sonríen —o casi— a los que pasan por allí, esos forasteros enfundados en varias capas de ropa de abrigo que se fotografían junto a la sirenita o junto a la estatua de Andesen. Niños grandes que van en bicicleta a trabajar, se cubren con gorros de Papá Noel para cantar en los coros a pie de calle y preguntan con delicadeza a los turistas —los pocos que se aventuran por allí en invierno—, si necesitan ayuda para elegir un búho de felpa o unos calcetines abrigados de colores.


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