La vida de ficción

El otro día me comentó un amigo que su hija pequeña acababa de descubrir que el Ratoncito Pérez no era real. Y estaba de lo más triste. ¿Cómo que no es real, quién se ha atrevido a decir algo así? De algún sitio vendrá la leyenda aquella sobre las hadas —¿o eran duendes?—, esa que dice que muere una cada vez que un niño deja de creer en ellas.
Conozco a la hija de mi amigo desde que tenía cuatro años, y es una de las niñas con más imaginación con las que me he topado en la vida —si es que hay algún niño que no la tenga—. No me podía creer que tuviera un problema así, a los nueve años. Porque claro que existe el Ratoncito Pérez, y existe mientras se pueda creer en él. ¿O no existen Sherlock Holmes, el monstruo de las galletas, o Gregor Samsa? Siento poner todos en la misma balanza, pero es que existen de verdad en la ficción. Y son tan reales como un elefante africano.
Podría entrar a decir que la realidad que asumimos como real tampoco es así, que la realidad que percibimos con los sentidos es la mejor ficción que hemos creado nunca, y que nadie se ríe de ella —bueno, casi nadie—. Pero no quiero ir por ahí, quiero hablar de los personajes de ficción. Y es que uno de los hilos más fáciles de tirar es el hilo de los personajes. Porque un personaje bien hecho se mueve, habla, hace cosas continuamente, comete errores y da juego. Todo eso. Y, si además tiene una voz propia y características, más fácil nos lo pone porque ya no es tirar del hilo, es tirar de esa voz, y dejarla contar.


Hay dos puntos vitales a la hora de ponerse a trabajar con personajes: no convertirlos en marionetas y alejarlos del tópico. Lo primero significa que, una vez creados, hay que dejarlos volar. No podemos meterlos en un corsé y obligarles a hacer lo que nosotros queramos. Hay veces que el personaje se hace tan real que ya no es el escritor el que dirige la historia, es el personaje. Sí, ocurre así, de verdad. Es más, llega un punto que si intentamos forzarles a algo concreto que nos viene bien a la historia, y ese algo concreto no «va» con ese personaje, la hemos liado: empieza a sonar todo muy inverosímil. Y es que Paco Cuento, por ejemplo, no quería hacer esa llamada de teléfono, o no sentía para nada la necesidad de volver corriendo a pedirle perdón la chica. Quería todo lo contrario, pero como nos venía bien para que la historia siguiera por donde nosotros queríamos, le hemos obligado a hacer algo que no iba con él. Gran fallo. Paco Cuento, en ese preciso instante, pierde toda su personalidad en unos segundos, con dos palabras de más, lo matamos.
A mí me pasó hace poco algo curioso que tiene que ver con esto. No con la escritura en sí misma, porque ocurrió con un guión y actores, pero sí tiene que ver con la creación de personajes. Mis dos personajes principales de Rascacielos —un niño de ocho años, y un hombre con traje— estaban muy dibujados en mi cabeza. Llevaba meses con ellos, los había ido puliendo con los miles de detalles necesarios, todo se lo había contado a los actores que hacían de niño y de hombre con traje, y esos actores habían hecho suyos los personajes, lo cual es aún más increíble que en la escritura porque se convierte en un trabajo en equipo, por llamarlo de alguna forma. Como escritor sí que pierdes un poquito el control, son los actores los que piensan y actúan y construyen sobre las pautas que tú, como director, has dado. Mis actores eran buenos, y habían cogido al dedillo a sus personajes. Y en uno de los ensayos de una escena, a mí se me olvidó decirle al niño cómo terminar, se me olvidó decirle que el final de la escena era, simplemente, apagar la luz y volver a dormirse.
La escena consistía en lo siguiente: el hombre con traje se despertaba en medio de la noche después de una pesadilla —el hombre con traje, y que no os extrañe porque es una historia de lo más surrealista, está escondido debajo de la cama de ese niño—, y con los llantos del hombre el niño se despertaba. Lo escuchaba llorar y se le ocurría ayudarle, ¿cómo? Prestándole un pañuelo que sacaba de debajo de la almohada. El hombre con traje cogía el pañuelo y se sonaba los mocos. Ya está, fin de la escena. Pues no, como no les dije a ninguno de los dos la acción de la luz, lo que hizo el hombre con traje fue, después de sonarse los mocos, devolverle el pañuelo al niño. Y, lo que hizo el niño, en lugar de irse a dormir como si nada fue, fue coger el pañuelo y volver a guardárselo debajo de la almohada. Y fue precioso, porque claro, estaban contando algo más, y lo estaban haciendo desde sus personajes. Encajaba a la perfección.
Al escribir tenemos que hacer los dos papeles nosotros, el del personaje y el del escritor. Tenemos que dejar que los personajes vuelen, y a la vez decirles cómo volar, es decir, que todo sale de nosotros. Y, para que salga bien y con fuerza, lo que hay que hacer es lo de siempre: no pensar, dejar que ocurran las cosas solas, tirar del hilo.
El otro punto importante es sacar a los personajes del tópico. Y esto está muy relacionado con lo que acabo de decir, porque si creamos a unos personajes dentro del tópico —es decir, que actúan, hablan y se mueven exactamente como lo harían otros personajes parecidos—, no vamos a conseguir que vuelen. Para nada, se van a quedar tan estancados en la tierra como unos personajes con pies de plomo. ¿Por qué? Pues porque los tópicos, al igual que las abstracciones, no nos llevan a ninguna parte. Los tópicos pueden darnos más de lo que ya tenemos, es como si nos ponemos a decir que la nieve es blanca, cae suave y es fría, ya lo explicó Enrique Páez tan bien aquí. ¡Todo eso ya lo sabemos! ¡No hace falta ni decirlo! Lo mismo ocurre con los tópicos, si nuestros personajes se comportan como otros miles de moldes, no van a volar. Y, si no vuelan, no van a transmitir emociones. Y si no transmiten emociones, no van a conectar con el lector.

2 pensamientos sobre “La vida de ficción

  1. Alguien dijo que el mayor drama de su vida había sido la muerte del protagonista de «La Cartuja de Parma». Hay personajes de ficción que pueden llegarnos más que personajes reales. Y, si te paras a pensar, ¿qué diferencias tienen para ti Alfonso X el Sabio y Gilgamesh? De la existencia de ambos te enteraste por las páginas de los libros. Para ti, ambos son igual de reales.

  2. ¡¡Ja!! A mí eso me pasa todo el tiempo, creo más en algunos personajes de ficción que en otros reales. Buena nota y buen comentario.

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