Crónica caótica sin nombres propios

Quince bolsas de hielo y sesenta pizzas. Una por cabeza, fuimos justa sesenta. ¿Ves? Te dije que no estaría mal hacer sesenta. Que no falten ingredientes. Un día entero amasando en la cocina de casa después de un sábado de compra. No tenemos bolsas y las vacas reciben masajes anti estrés, se alimentan de cerveza y de sake. Una caja gigante de conchas Codan para los recuerdos infantiles. No quedan botellas. Ocho kilos de mozzarella. La Gauchita se porta bien en los viajes. El carro pesa mucho y no podemos con él, no se mueven las ruedas. Encontramos globos, cartulinas de colores, neveras, alpiste, un poco de todo.


Cajas y cajas de aceitunas rellenas de pimientos. Menos mal que no llueve y hay gente alta en casa. A primera hora invadimos la cocina. Dos ollas grandes de tomate, mucha albahaca fresca, la mozzarella hay que cortarla en tiras finas para que llegue bien, como los pimientos. Nos comemos una pizza, después otra, después fumamos y charlamos, después hablamos del horno, después nos reímos. Conversamos. Conversamos mucho. Un niño de dos años busca a un gato blanco en el pasillo enorme. El niño habla en asturiano, como si ya no fuera difícil entenderle. Su hermano mete las dos manos en el saco de gusanitos con cara de felicidad o de algo muy parecido. Carritos de niño, música, un libro de cine. La puerta no deja de sonar y vosotros entráis cargando plantas. Es agradable. Sois muchos. Pasadlo bien, disfrutad, y sobre todo comed las pizzas. Yo me voy a esconder en el pasillo. Cuánto tiempo sin veros. Una foto en el metro, de hace un año. Justamente un año. Una foto bajo la lluvia, de hace dos. Mis guionistas me escriben relatos. Son estupendos, aunque no tengan idea de cómo se escribe la palabra haiku. Una planta de fresa me espera dentro de un tarrito de yogur. Una acelga, una lechuga y un pequeño rosal. Otro rosal, naranja, más grande. Flores blancas en una maceta de Rayuela, con sabor a Maga, y a tardes con ideas y a puentes y a pintura y a cariño. Tres macetas de flores color rosa en una cesta de Caperucita. Una planta de menta, con las hojas volando al viento. Una que da flores color rosa pero que se puede teñir de morado. Libros, libros, libros, una bolsa de té, unos pendientes. Dedicatorias, frases cortas y largas. Una pluma que escribe en tinta azul y es ligera como los pasos rápidos. La tarta es enorme. La gente ya no tiene hambre. Puedo cumplir 27 o 72. Quiero estar con todos a la vez y también quiero esconderme. Sé que falta gente, no te he visto a ti, a ti tampoco. He visto un juego de palillos chinos. Mis padres mantienen la cocina acogedora, como si tuvieran una gran chimenea y alimentaran el fuego en invierno. Me he quedado con dos caras, me dice. En la cola del baño gente desconocida habla entre sí. Los cartelitos de colores engañan y los budistas permanecen camuflados. Tenemos muchos nombres para todos. Globos, son cien, están llenos y repartidos. Llamadas de teléfono, mensajes perdidos. Las gatas están escondidas. Invitados inesperados. Nadie me habla de trabajo, todos siguen la posdata al pie de la letra. Una casa de tres balcones. Pierdo y regalo copas por la casa. La gente se reparte y el salón se queda un poco más vacío. El techo con nubes gusta, el azul gusta también. El descansillo de la escalera se ríe un poco del maleficio de las fiestas, nosotros también nos reímos. La mirilla es extraña, antigua, difícil de abrir. Te he abierto la puerta tres veces ya. No sé si estás dentro o fuera. Llevas un jersey rojo y estás aparte, observando. Tu sonrisa me gusta, con esa camisa blanca y la falda como de ninfa del bosque, de algo inventado. Los jabalíes siempre se duermen en las curvas los días en que cumplo años. Nunca te vas, tienes el abrigo puesto y una copa en la mano. Te escucho hablar, me gusta tu música. Y seguiremos cumpliendo, infinitamente, estos mismos años, viejo. Se repite el cumpleaños feliz para que puedas hacer una foto, que estás desentrenado. Solo tenemos una foto de cumpleaños. Tampoco hace falta más, está todo por aquí, por la cabeza. La princesa armenia aparece y desaparece entre los grupos de gente, no la encuentro para hablar con ella. Y con Madonna, que se conserva muy bien y feliz. Hacía años que no os veía juntas, da mucho gusto. Los cuatro cerramos la fiesta, nos encerramos en la cocina a comer pizzas (una quedaba en el horno), a fumar un poco y a escuchar a Calamaro. No amanece, chicos, tendremos que irnos en algún momento. Qué bien teneros, a los tres. Gracias por venir a tu barrio, no sé llegar a tu casa pero en cuanto me mude te prometo que me lo aprendo. Te invitaré a comer, comida casera, de la buena. En medio del salón, cantando, o en cualquier sofá, cantando también. Hay noticias que no vuelan (y está bien así, que se disuelvan con el viento). Llevas un nombre de mujer, pero sabes que ella nunca llegará. Un libro envuelto en papel amarillo. La misma sonrisa, me la encuentro continuamente. Me reconforta. El sofá es un buen sitio para la filosofía. Y el pasillo el único lugar tranquilo, donde se puede uno esconder del mundo y del ruido. Se escribe bien en el pasillo. También estás en las paredes, claro que sí, con un fragmento del sueño del gato. Te esperaba para la tarta, has tardado en llegar y ahora tendrás que comer pizza. Te regalo mi mojito, mi habitación del balcón será tranquila, ya verás, sin taconeos a altas horas del día. Colgaré aquellas piedras azules que traían buenas energías donde fuera que estuvieran puestas. Llevas un rato abrazada a la botella. Está bien, puedes soltarla, aquí estamos seguras. En el metro la gente quería robarte la planta. Nadie se la va a comer, por el momento. Hará salsas muy ricas. Enseñas bien la receta del mojito, con el azúcar moreno y toda la paciencia. Y a ti te queda bien el sombrero. No lo pierdas. Tampoco la cabeza. Tú te quedas dormido por los rincones, con otro de los sombreros que caminan, tapándote la cara. No nos veíamos desde verano, como crecéis todos los días. Y eres mi amigo más antiguo, hermanito. ¿Dónde hemos ido a parar? Me gusta más el amarillo con el que pintaste tus paredes. Dos balcones y tres balcones hacen cinco balcones, en cinco balcones en verano se pueden leer libros y libros. A ver quién gana de los dos, ve pillando ventaja. Pinta en las paredes, niña, que el tiempo se hace añicos y vuelve con más fuerza. Le has regalado a mi madre un kilo de pasta italiana. Los pasillos guardan charlas camufladas, de esas que se conservan en cajas de colores. Después de tres años, esto es lo que hay. Gracias. Y todos vomitamos conejitos blancos. Quinientas rosquillas. Cuánta azúcar hace falta para tanta rosquilla. Menos mal que tienes el azucarero nuevo, el que parece un marcianito. Se te ve muy feliz, con lo que parece sacado como de un buen sueño de indios americanos, cantando alrededor de una hoguera y bajo la lluvia. Tomaré todo el té a vuestra salud, con los pendientes puestos. Y escucharé música con un ipod escurridizo y vergonzoso, que quiere esconderse y preocuparnos, camuflado con las luces de las paredes. Ema. Hacía tiempo que nadie me llamaba así. No está mal, no está nada mal. Tenéis cartelitos azules pero queréis de todos los colores. Me sigues despeinando como siempre que me ves, qué vamos a hacerle. Tú me cuentas de quién ha sido la idea, poneros a escribir cuentos, a quién se le ocurre. Luego dirá que me mimáis demasiado. Pero no pasa nada, mientras tengamos a la viuda Tomares, a alguien pintando bigotes en las fotos, tu cara sonriente ahí arriba, tan alta, y la tuya, al otro lado, con alguien que echo de menos entre los dos. Si es que sois una leyenda y en el fondo los tres juntos no existís. A ti te echaré de menos cuando te vayas, aunque me encanta todo lo que hemos compartido, casi sin querer. Te dejamos dormir, nos vamos a la cocina, que a estas horas de la noche es difícil pensar en tres idiomas. Me esperan los nuevos cuentos (sin Salinger). Qué bien teneros para mí. Un gusto, señores.

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