Sitges

En Sitges las calles se convierten en mar, al final de la cuesta. Se pueden comer bocatas en unas escaleras de piedra, muy cerca del agua, rodeados de turistas alemanes tostados al sol; mientras que al fondo, entre las olas, se sostiene un gorila blanco rodeado de catamaranes. Se pueden comprar carteras con forma de rana y pisar chinchetas gigantes que sujetan las aceras a la tierra. Beber pintas de Guinnes y comprar Xibeca en el super. Se pueden hacer colas enormes para ver películas de terror muy malas, y tener la mala suerte de no pillar ninguna buena. En Sitges vuela una pajarita de papel que quiere comerse al gorila que está deslumbrado por los focos de la cámara de cine.


Se puede viajar con un puñado de guionistas, una cámara y grabar un corto debajo de un puente perdido. Robar carritos de la compra para sobrevivir al diluvio de octubre y secar la ropa con el sol que sale todas las mañanas. Se pueden crear historias, tener buena compañía (si te la traes) y dormir muy a gusto en un colchón de medio metro que se descoloca en tres cachos, como un puzzle.

Los comentarios están cerrados.