El intercambio

El fabricante de nubes se quita el sombrero, solemne, antes de hablar.
─Te cambio mi máquina de hacer nubes por tu tejedora de sueños.
El cometrasgos interrumpe su tarea y se incorpora, levanta un poco la cabeza. Parece molestarle la luz. Su sombra tapa al fabricante.
─¿Y para qué quiero yo hacer nubes?
El fabricante de nubes sonríe, tímido. Es pequeño al lado del cometrasgos, que podría aplastarle como si fuera una cucaracha.
─Sin nubes tus noches serían tan aburridas que la gente dejaría de soñar.
─No sabes de lo que hablas. Las nubes que quieres darme solo traen ventisca y arena. Eso convertiría todo mi trabajo en pesadillas.


El cometrasgos parece haber finalizado la conversación. El fabricante insiste.
─Pero mis nubes tienen sabores. Podrías comer una tras otra, sin cansarte.
─¿Sabores?
─Sí, todos los que quieras. Tengo sabor arco iris, pistacho, aurora boreal, duende loco… Sublimes todos.
─Duende loco… interesante.
─Una máquina de primera mano. No te arrepentirás con el cambio.
El cometrasgos se frota la barbilla y acerca su enorme cabeza al fabricante.
─¿Y teniendo esa maravillosa máquina, para qué querrías tú tejer sueños?
El pequeño fabricante de nubes mira al suelo, mueve un pie, nervioso, como un niño que acabara de comer una travesura.

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