Peces tropicales

Me han regalado dos peces tropicales, idénticos, de color naranja. Me los regaló mi amiga Clara, nada más volver de Cancún, ya que estaba convencida que los peces tropicales le alegran la vida a cualquiera, sobre todo si son de color naranja. Y me había visto, ¿cómo había dicho ella?, un poco gris. Yo llevaba tres días enteros sin salir de casa esperando una llamada de teléfono que no llegaba, y puede que sí, que estuviera un poco gris. El móvil sonó por fin ayer, a las seis de la tarde, pero solo era mi amiga Clara que había vuelto de Cancún con una «sorpresita» para mí. A la media hora apareció en la puerta de mi casa con dos peces naranja en una bolsa de plástico. «Son ideales para tu pecera». A Clara le gustaba mucho esa palabra, «ideal», todo en su vida era «ideal», lo utilizaba sin ningún problema tanto para adjetivar la dieta de la coliflor como los escaparates de la calle Velázquez.


Yo tenía una pecera en el salón, Clara lo sabía, era enorme, medía más de metro y medio. Pero llevaba sin peces varias semanas, vacía. Bueno, vacía no estaba, tenía un suelo acolchado de algas y plantas acuáticas que yo atendía con cariño desde la muerte mi último pez. Había jurado no volver a tener peces. Le abrí la puerta a mi amiga Clara en cuanto sonó el timbre y me sonrió desde el umbral con su bolsita de plástico y los sus peces tropicales, de regalo. Las plantas acuáticas son mucho más agradecidas que los peces, no se mueven de un lado de otro con ojos bizcos ni comen bolitas de pienso hasta reventar. Eso le pasó a mi último pez, reventó por comer demasiadas bolitas de pienso. Porque comen, comen y comen, así hasta reventar. Es un animal muy estúpido. Tan estúpido como la llamada de Clara. Al hacerlo, llamó desde un «número desconocido», eso decía la pantalla del móvil. Yo nunca cojo el teléfono si no sé quien me llama, pero después de tres días enteros esperando que sonara solo lo dudé un momento. Atendí temerosa, esperando cualquier respuesta del otro lado. Solo era Clara. Bueno, solo Clara no, eran Clara y dos peces tropicales de color naranja. Llegó a casa como un remolino, estuvo diez minutos, lo que tardó en darme dos besos falsos y librarse de los peces naranja. «Te veo un poco gris», me comunicó. También me dejó sus fotos de Cancún pero no se pudo quedar para enseñármelas porque la esperaban. A Clara siempre la espera alguien, nunca pasa mucho tiempo contigo porque la esperan. Yo lo único que esperaba era la llamada de un número muy conocido, más que familiar, un número que me sabía de memoria de alguien que guardaba con mimo en la agenda del móvil hacía un mes. Es increíble cómo puedes llegar a conocer a alguien en un solo mes, memorizar su número de teléfono, sus gustos y su dirección postal. ¿Cuánto será un mes para un pez naranja? Me quedé el resto de la tarde observando a los peces nadar de un lado a otro, les eché muy poca comida -por miedo a que explotaran otra vez-. Llevaba el móvil en el bolsillo, me aseguré tres veces que en la zona del salón donde estaba la pecera había cobertura. De hecho, descubrí que cuánto más acercaba el móvil a la pecera, más subían las rayitas que indicaban la calidad de la cobertura. Era una buena razón para no alejarse de la pecera hasta que sonara el móvil. ¿Cómo podía tardar tanto en llamarme? Los peces tropicales nadaban de un lado a otro, a veces en paralelo, como disputando carreras. El móvil seguía sin sonar, así que para entretenerme les eché un poco más de comida. La comida de los peces huele a gambas. Vinieron monótonos al encuentro de las bolitas, como si que lloviese comida fuera lo más normal del mundo. A las dos horas de mirar los peces por fin sonó el móvil. Parecía que me daban suerte y todo. Me había quedado dormida, así que me asusté un poco, me pilló por sorpresa –estaba soñando que era un pez azul nadando en medio de dos peces naranja más grandes que no me dejaban comer. Otra vez era un número desconocido, y otra vez dudé en cogerlo. Podía ser la llamada que esperaba o cualquier otra amiga que venía de Cancún con más peces naranja. Aguanté la respiración, apreté el botón de respuesta y me acerqué el teléfono despacio. No dije nada, ni una palabra, esperando que la persona del otro lado se diera a conocer. Era un buen truco que a veces funcionaba. Pero la otra persona tampoco dijo nada. Estuvimos así unos quince segundos, cuánto más tiempo pasaba menos me atrevía a romper el silencio; hasta que la otra persona colgó y dejó sonando el timbre de llamada interrumpida. Me levanté, pesaba mucho, como un saco de arena. Los peces naranja seguían nadando con su ritmo monótono, de un lado a otro. No podía echarles más de comer, pero de todas formas me pegué a la pecera con el móvil en la mano. Vi como aumentaban las rayitas de la cobertura. Con la otra mano levanté la tapa y tiré el móvil al interior de la pecera. Cayó como una piedra. Los peces no se inmutaron, pero las rayitas de la cobertura subieron, hasta alcanzar el máximo.

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