de Richard Ford, El periodista deportivo

Me llamo Frank Bascombe y soy periodista deportivo. Durante los últimos catorce años he vivido aquí, en el número 19 de Hoving Road, Haddam, Nueva Jersey, en una gran casa estilo Tudor que compré cuando le vendí un libro de relatos a un productor de cine por un montón de dinero, y parecía que mi mujer y yo, así como nuestros tres hijos -dos de los cuales aún no habían nacido-, podríamos empezar a vivir mejor.
No sabría decides exactamente en qué iba a consistir la mejoría que yo esperaba, y con esto no quiero decir que no llegase, pero desde entonces han pasado muchas cosas. Por ejemplo, ya no estoy casado con X. El hijo que teníamos cuando todo empezó ha muerto, aunque, como he dicho, hay otros dos y son unos niños maravillosos.


Poco después de que viniésemos de Nueva York escribí la mitad de una novela corta. Luego la metí en un cajón y allí se ha quedado, y no pienso sacada a menos que pase algo muy raro.
Hace doce años, cuando tenía veintiséis y las cosas nada claras, el director de una conocida revista deportiva de Nueva York me ofreció un empleo de periodista porque le gustó cómo había escrito un artículo que me encargaron. Y, para mi sorpresa y la de todo el mundo, dejé de escribir mi novela y acepté.
Y desde entonces no he hecho otra cosa, exceptuando las vacaciones, y un periodo de tres meses después de la muerte de mi hijo, en el que decidí cambiar de vida y trabajé como profesor en un college del oeste de Massachusetts. Pero aquello no acabó de gustarme y, sin darle más vueltas, me volví a Nueva Jersey a escribir de deportes.
Durante estos doce años, mi vida no ha estado nada mal y en muchos aspectos ha estado muy bien. Cuando más viejo me hago, más me asusta todo y más claro veo que te pueden pasar, y de hecho te pasan, cosas malas. Pero la verdad es que no me preocupa ni me quita el sueño. Todavía creo en la posibilidad de la pasión y la aventura amorosa. Y no cambiaría muchas cosas, si es que cambiaba alguna. Preferiría no estar divorciado y que mi hijo, Ralph Bascombe, no hubiera muerto, pero eso es lo único.
Ustedes se preguntarán cómo alguien puede dejar una prometedora carrera literaria -tenía sobradas pruebas de ello- para convertirse en periodista deportivo.
Es una buena pregunta. Por ahora, déjenme que les diga una sola cosa: si escribir de deportes enseña algo, y en esto hay tanto de verdad como de mentira, es que, para que la vida valga la pena, tarde o temprano hay que enfrentarse a la posibilidad de sentir un terrible y doloroso arrepentimiento. Pero hay que intentar evitarlo o uno echaría a perder su vida.
Creo que yo he conseguido esas dos cosas, me he enfrentado al arrepentimiento y he evitado la ruina. Y todavía estoy aquí para contarlo.
He saltado la verja de hierro del cementerio que hay justo detrás de mi casa. Son las cinco de la mañana de un Viernes Santo, 20 de abril. Todas las demás casas del vecindario están en penumbra y yo estoy esperando a mi ex mujer. Hoy es el cumpleaños de mi hijo Ralph. Ahora tendría trece años y empezaría a hacerse hombre. En los dos últimos años nos hemos encontrado aquí, al amanecer, para honrar su memoria. Antes veníamos juntos como marido y mujer.
Una niebla fantasmagórica se eleva desde la hierba del cementerio, y más arriba, en las capas bajas de la atmósfera, oigo el batir de alas de los gansos. Un coche de la policía cruza sigilosamente la puerta del cementerio. Se para, apaga las luces y se apresta a vigilarme. Atisbo el resplandor fugaz de una cerilla dentro del coche y la cara de un policía mirando su cuaderno.
Desde lejos, al fondo de la ´parte nuevaª, un pequeño cervatillo me mira mientras espero. De vez en cuando, sus iris amarillos relucen en la oscuridad hacia la parte antigua, donde los árboles son más grandes, y donde yacen, junto a la tumba de mi hijo, tres firmantes de la Declaración de Independencia.
Los vecinos de al lado, los Deffeye, están jugando al tenis y susurran los tantos con sus educadas voces matinales. ´Perdón.ª ´Gracias.ª ´Cuarenta-nada.ª Pac, pac, paco ´Ventaja tuya, querida.ª ´Sí, gracias.ª ´Tuya.ª Pac, paco Oigo sus roncos jadeos nasales, sus pies arrastrándose. Tienen más de ochenta años y ya no necesitan dormir, así que están despiertos a todas horas. Han instalado unas luces opacas de bario-sulfuro que no iluminan mi jardín ni me impiden dormir. Y seguimos siendo buenos vecinos, por no decir amigos. Ya no tengo muchas cosas en común con ellos, y tanto ellos como los demás me invitan a muy pocas fiestas. En la ciudad, la gente sigue siendo simpática pero distante, y yo les considero buena gente, conservadores y honrados.
He comprendido que no es fácil tener a un divorciado por vecino. En él anida el caos… la naturaleza oscura del sexo que cuestiona el contrato matrimonial. La mayoría de la gente cree que tiene que tomar partido, y siempre es más fácil elegir a la mujer. Eso es lo que han hecho casi todos mis vecinos y amigos. Aunque charlamos a la puerta de nuestras casas, por encima de los setos del jardín o junto a nuestros coches en el aparcamiento del supermercado, comentando el estado de las vigas y los desag¸es o si tendremos un invierno temprano, y a veces hacemos planes para quedar, casi no nos vemos, pero no me importa mucho.
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