de Robert L. Stevenson, La isla del tesoro

Si los cuentos marineros al son de marinos cantos, de tormentas y aventuras, frío, calor, galeones, de tesoros enterrados, islas desiertas, naufragios, si historias de bucaneros, combates por mar y tierra, y todos los cuentos viejos narrados una vez más del mismo modo que antes, conforme a la vieja usanza, a los muchachos de hoy, más sensatos y juiciosos, pueden gustar como antaño a mí tanto me gustaron: ¡bien está!, ¡aquí lo tenéis! Pero si, contrariamente, la estudiosa juventud ha perdido ya el afán de gozar con las hazañas del valiente Ballantyne, o de Kingston, o de Cooper, en las selvas y en los mares: ¡bien está!, ¡sea así, repito! Y ahora sólo deseo que pueda yo compartir la tumba dónde reposan: ellos con sus creaciones, yo con todos mis piratas.

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