Castillos de arena

El primer día de vacaciones le regalaron un cubo de playa, un cubo color naranja, con pala y rastrillo a juego. Lo primero que hizo fue llenarlo de agua, vaciarlo, y llenarlo luego otra vez, sin acabar de entender porqué el agua que guardaba en su cubo era transparente cuando la del mar era tan azul.
Lo segundo que hizo fue llenarlo de arena, aplastarla bien con la pala naranja, dejando que llegara bien hasta el borde del cubo para después desmoldarlo como si fuera un flan. Fue corriendo hasta el agua, cogió un buen puñado de arena mojada en la mano derecha, volvió corriendo hasta su tarta de arena y dejó caer el puñado despacio, como si fuera merengue.


Lo tercero que hizo -antes de dejar el cubo para irse a jugar con las olas- fue cogerlo, volver a llenarlo de agua, lavarlo bien, y clavarlo con fuerza en el suelo, boca abajo. Lo clavó con toda la fuerza que dieron sus bracitos, lo clavó para que la playa no se moviera de su sitio -ni siquiera uno de los granos de arena- hasta que él volviera de su baño.

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