Del tamaño de un bolsillo

Desde que murió papá, he pasado más tiempo en el bolsillo de mi hermano que en ningún otro lugar. Mucho tiempo, casi tanto tiempo como en la caja de música que redecoró para mí. De la caja de música al bolsillo, del bolsillo de mi hermano a casa. Yo no medía más de quince centímetros, uno por cada año de vida. Los médicos decían que iba a seguir el proceso de crecimiento normal para mi tamaño, y que no sobrepasaría los veinte centímetros en la edad adulta. Pero yo tenía la esperanza de seguir el ritmo del centímetro por año, y tal vez en mi vejez llegar a alcanzar el metro. Siempre que viajaba en el bolsillo me acompañaba el reloj de mi hermano, un reloj de plata vieja, que movía las agujas rítmicamente como martilleando hojalata. Un ruido molesto para cualquiera, pero al que me había acostumbrado, y cuando no estaba cerca, lo echaba en falta. Ya me había acostumbrado a los ruidos de la calle y de la ciudad, pero al principio me aterrorizaban.


Mi hermano había aprendido a hablarme entre susurros, mis oídos son muy sensibles, todos los sonidos son demasiado grandes para ellos. Siempre voy con tapones en los oídos cuando viajo en el bolsillo de mi hermano. Mi hermano suele vestir camisas con dos bolsillos, uno de ellos siempre con tapa, para ocultarme de miradas curiosas. Lo acordamos hace tiempo. Estoy muy habituado a viajar en sus bolsillos y a asomar la cabeza por arriba, apartando un poco la tapa, o por las rendijas de las costuras cuando la situación es más comprometida. La caja de música donde dormía la buscó con cuidado, recuerdo que recorrió toda la ciudad. Madera de roble, espaciosa, con seis cajones amplios y bien ventilados. Se fijó mucho en la bailarina. La bauticé Patriuska por sus ojos rusos y ritmos de porcelana.
Hoy, mi hermano tarda en volver. Me ha dejado en un cajón extraño lejos de mi caja de música, prometiendo que regresaría pronto por mí, que se iba solo un momento. Como compañía me había dejado el reloj de bolsillo de plata vieja, donde, dijo, podrás ver lo poco que tardo en volver por ti. Conté varias horas, seguí con la cabeza el ritmo metálico de las agujas. Le di la espalda, lo pateé, hablé con él, hasta aburrirme. Hasta que empezó a ralentizar el ritmo. Las agujas empezaron a caminar cada vez más lentas hasta detenerse del todo. Esperé un rato, le di cuerda, le acaricié la tapa, pero no volvió a arrancar. Empecé a dar patadas al cajón hasta conseguir abrir una rendija por la que escurrirme. Tuve que escalar hasta el tope del cajón. Cuando asomé la cabeza casi me echo a reír, me había golpeado contra una escalera en miniatura, que bajaba en picado hasta el suelo.

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