Cielo de verano

Cuando éramos pequeños, en las noches de verano, hermanita y yo salíamos al jardín a mirar estrellas y a contar cometas, asteroides y naves extraterrestres. Papá nos explicaba que podíamos encontrar cometas pero no asteroides, porque son muy pequeños y, desde la Tierra, solamente se distingue uno a simple vista. A hermanita esto le hacía llorar porque le gustaba mucho la palabra asteroide. Entonces papá intentaba inventar una historia mezclando datos que sabía, y le contaba que eran más bonitas las cometas, que estaban formadas por hielo y polvo, y que su nombre derivaba de una palabra griega que significa cabellera. Papá no sabía contar historias.


Nos turnábamos los prismáticos para buscar tesoros, yo veía naves extraterrestres muy veloces que nadie más veía. Papá decía, como de pasada, que cada vez que viéramos un cometa podíamos pedir un deseo. A hermanita se le iluminaban los ojos al oír esto de los deseos, pero papá miraba para otro lado, e insistía sobre el hielo, el polvo y los prismáticos. Después encendía un cigarrillo y comentaba que los asteroides están repartidos en su mayoría entre Marte y Júpiter, también más allá de Plutón. Y hermanita pedía un deseo cuando veía un cometa, y yo me acordaba que la palabra griega para cometa significa cabellera, mientras observaba a papá, muy serio, dar una calada por cada deseo que pedía hermanita con ojos brillantes.

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