Cambios

Cuando pasas un tiempo sin usar algo, cambia, te lo cambian. A los amigos, cuando pasa un tiempo que no les ves, les salen canas, o gafas, o colores en el pelo. Y las cosas, sí, te las cambian, cuando no cambian solas. A los trenes de Cercanías dirección Colmenar les sale una raya fucsia horizontal, por todos los vagones, vagones que siempre habían sido blancos y rojos. A los amigos, sí, también te los cambian, las canas tienen nombre propio, y las arrugas del entrecejo los apellidos del jefe o del amante de la mujer. O del vecino, el inútil del piso de arriba que, por ampliar su salón, tiró un muro maestro y ahora hay que hacer obra en todo el edificio. Y tanto los trenes de Cercanías, como los amigos con el entrecejo marcado, todos están seguros que el mundo estaba mejor antes del cambio.


El tren, ahora con su raya fucsia, se mueve más lento, como avergonzado, defiende que el fucsia poco tiene que ver con sus colores, que no es natural y que las vacas que pastan, al pasar él, se asustarán. Y mi amigo, el del entrecejo, también se queja, y todo es quejarse, del cambio, del vecino, de la obra y del amante. Todo estaba mejor antes, está seguro. Y yo me lo encuentro en el tren de Cercanías dirección Colmenar y le escucho, sí, cuando dice que claro, que la felicidad es injusta, que nunca salen las cosas como queremos. Y yo no digo nada, solo pienso en su entrecejo, en el fucsia, en los cambios, y en lo bien que estaría el tren dándose cuenta de que, a pesar de asustar a las vacas aburridas, ahora le alegraba la vida a los caballos salvajes, que corrían al galope detrás de esa raya fucsia.

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