Bote de arena

El día de su cumpleaños, Antonio decidió, por fin, dejar el mar. Durante años salía todos los días con su bote de madera y su caña de pescar, se acostumbró tanto que llegó a gustarle; pero de un tiempo a esta parte le dolían cada vez más los huesos, y algo dentro le impedía dejar su bote, todos los días el mismo camino, de casa al bote, del bote al mar. Ese día de su cumpleaños, a primera hora, cuando iba a comenzar la jornada, descubrió que su bote se estaba descascarando por un lado. La madera de colores vivos, pintada con azul y rojo, estaba tan reseca que un trozo grande del lado derecho, con forma de cuchara, se había caído, en bloque. Y el bote ahora tenía un enorme roto en medio de los colores. Habría sido trabajo del tiempo, de la sal, del sol, de toda una mezcla de cosas. Es natural, se dijo Antonio, que los botes al cabo de un tiempo se descascaren.


Se sentó en el borde derecho del bote, con los pies en la arena, y estuvo un largo rato mirando el trozo de madera descascarada, se había caído ahí mismo, entre la arena, y el mar la había tapado solo un poco, aún se distinguían el rojo y el azul. Se dijo que el bote, por sí mismo, quería retirarse del trabajo, que cuando un bote comienza a descascararse es porque solo desea retirarse. Así que con cuidado, cogió el trozo descascarado entre la arena, y lo colocó en el bote, dentro, bien en el centro. Arrodillado en la arena juntó las dos manos, y comenzó a echar montones de arena al bote, montón a montón. Tardó un rato, pero consiguió cubrir el trozo de madera descascarado, ya no se veían ni azul, ni rojo. Se dijo que no era necesario tampoco llenarlo todo de arena, que con ese poco ya notaría el bote la diferencia de rutina. Volvió a casa siguiendo el camino de la playa y recogiendo caracolas, para no olvidarse del mar, se dijo.

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