Bob

Conozco a Bob desde que vine a vivir con mi tía. Bob es un tío tranquilo. No es que tenga pachorra, ni que se tome las cosas con calma. No. Es tranquilo, no se altera nunca. A mi primo, el pequeño, le pone nervioso. Bob se sienta en una silla de la cocina con sus ropas anchas y escucha. Escucha y fuma, en cantidades iguales, tabaco de liar de una marca extraña. Mi tía dice que Bob en vez de luchar contra el mundo deja que el mundo se incorpore a su interior, asimilando todo. Mi tía siempre habla así, con moraleja. Nunca he visto a Bob discutir. No es tampoco que esté súper seguro de sí mismo. Es como si siempre te concediera el privilegio de la duda. Tampoco habla mucho, y cuando habla no levanta la voz.


Pero se ríe a menudo y con ganas. Es la leche el tío. Es como un dios rasta. Cuando estás con él tú también estás tranquilo. Te sientes lleno de ganas de ser mejor persona. Y ya sé que suena a tópico. Es como estar en presencia de uno de estos grandes maestros budistas. Eso dice mi tía. Mi tía siempre ha estado metida en estos rollos de meditación. No sé como Bob sobrevive en una ciudad como esta, aquí la gente va como loca a todas partes, como me cansan, joder. No paran los tíos. Los sigo con la vista todas las mañanas desde la ventana del salón. Parecen hormigas, van todas al mismo ritmo, se visten con ropa oscura, andan deprisa, como marcando el paso, como si no se equivocaran nunca. Como si siempre estuvieran por llegar tarde. Ayer descubrí una cosa increíble entre todas las hormigas. Vi a una vieja que paseaba. Sí, paseaba, y todas las hormigas hacían un sobreesfuerzo para no pasarle por encima. La vieja llevaba un vestido fucsia y andaba muy lento, a contracorriente además. Vestido fucsia, hay que tener valor. Reconozco que es una buena manera de marcar la diferencia. Aunque Bob no necesita vestirse de fucsia para que le vean diferente, es diferente, sin más, es simple. También reconozco que yo no tengo el valor de vestirme de fucsia. Luego está mi primo, el pequeño. Siempre que puede está por casa, vivimos cerca. Sus padres dicen que es hiperactivo. Le llenan el día de actividades extraescolares al chaval. Que si baloncesto, que si natación, que si ajedrez. Tiene la semana completa. El caso es que el tío se queja, me dice que preferiría mil veces ir a clases de pintura en vez de tanto deporte. Mamonada estúpida, lo llama, al deporte. Sus padres ni caso, típico. Que si pintar monas es cosa de niñas, que no sirve para nada, que mejor que hagas algo más útil. Cuando ese niño crezca va a ser uno de estos funcionarios que juega al tenis los fines de semana, veranea en cruceros por las islas griegas y que en realidad, siempre ha querido hacer otra cosa. Tampoco tiene mucho empuje, así que olvidará que una vez quiso pintar y se frustrará sin saber porqué. Típico. Acabará ascendiendo, tal vez, porque el niño es listo, y con una secretaria pegada al culo, que rellenará todas sus horas de compromisos en una agenda electrónica. Cuando se mire al espejo verá medio reflejo de su cara. Lo digo yo, que le pasa a mucha gente. Lo dice mi tía todo el rato cuando habla. Lo dice Bob cuando no lo dice, cuando no discute contigo, cuando se limita a asumir tus dudas como suyas y fumar, y a reírse. Me gusta Bob. Bob es un tío tranquilo.

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