de Pablo Neruda, Oda a la crítica

Yo escribí cinco versos uno verde, otro era un pan redondo, el tercero, una casa levantándose, el cuarto era un anillo, el quinto verso era corto como un relámpago y al escribirlo me dejo en la razón su quemadura, y bien los hombres, las mujeres, vinieron y tomaron la sencilla materia, brizna, viento, fulgor, barro, madera, y con tan poca cosa, construyeron paredes, pisos, sueños.

notas sobre El viaje de Chihiro, de Miyazaki

Por primera vez la vi hace algo menos de un año, en japonés, con subtítulos en inglés, a una calidad muy triste. Calidad que no le quitaba ni sonrisa a la historia. En el cine salió antes en Madrid que en Londres. La he revisto varias veces después. El mundo de Chihiro está lleno de vida. Para soñar despiertos, y no olvidar que es posible. Los duendes existen. (Diciembre, 2003)

de Mario Benedetti, El otro yo

Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo. El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente, se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse incómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.

La ciudad de los tristes

Su nombre oficial era Mercadia, pero todos la conocían como La Ciudad de los Tristes. Se contaba que los visitantes que caían en ella por casualidad y lograban salir, nunca volvían a ser los mismos, como si dejaran olvidada la risa en alguno de sus callejones. Sus habitantes eran seres grises, fríos, rígidos. Todos vestían igual, se parecían físicamente, no derrochaban palabra ni pensamiento. Caminaban, hablaban, vivían al mismo ritmo. Ritmo monótono. Ritmo aburrido. Nunca reían. No conocían la risa. La risa era algo prohibido y perseguido por la ley. Una forma de vida mecánica, con un horario estricto e inmutable de por vida. Escuela, estudios, universidad, puesto fijo de trabajo. Todo a su hora, todo a su debido tiempo. De los pocos niños que nacían, pocos llegaban a viejos.

de Italo Calvino, Las ciudades invisibles

Las ciudades escondidas Una Sibila, interrogada sobre el destino de Marozia, dijo: -Veo dos ciudades: una de la rata, otra de la golondrina. El oráculo fue interpretado así: Marozia es una ciudad donde todos corren por galerías de plomo como bandas de ratas que se arrancan de entre los dientes los restos que caen de los dientes de las ratas más amenazadoras; pero está por empezar un nuevo siglo en el que todos en Marozia volarán como las golondrinas por el cielo de verano, llamándose como si jugaran, dando volteretas con las alas inmóviles, despejando el aire de moscas y mosquitos.

Amor de lluvia

La gente se reía de él cuando contaba sus lluvias. Contaba que la lluvia le perseguía a todos lados, desde que era un niño amigo de los paraguas. Su madre le regaló un chubasquero azul, unas botas de agua y un paraguas a juego, en una de sus primeras Navidades. En el pueblo donde vivían llovía mucho. A él le gustaba la lluvia, le gustaba chapotear en los charcos y calarse los pies cuando el agua entraba en las botas. Los charcos eran tener un pedazo de toda esa agua que caía del cielo, para solo para él, para pisarla, salpicar y hacer ruido. Pensaba que así crecería a lo alto, como los árboles crecen con la lluvia. Pero lo único que consiguió fue una pulmonía. Estuvo enfermo un par de semanas, y su madre empezó a tener miedo de la lluvia. Le regaló el paraguas azul, las botas de agua, y el chubasquero a juego.

de Joao Gilberto y Caetano Veloso, Aquarela do Brasil

Brasil, meu Brasil brasileiro Meu mulato izoneiro, vou cantar-te nos meus versos O Brasil, samba que dá, bamboleio que faz gingar O Brasil do meu amor, terra de Nosso Senhor Abre a cortina do passado Tira a m„e preta do serrado Bota o rei Congo no congado, Deixa cantar de novo o trovador A merencória luz da lua Toda a can¡„o do meu amor