de Bárbara Jacobs, El cuento perdido

Si a un poeta es difícil creerle la historia de que perdió su poema consagratorio; bueno, si es difícil creer que a Coleridge lo interrumpieron mientras escribía su poema consagratorio, es imposible tomar por cierto que estas tragedias le sucedan a un cuentista. Quiero decir que un poeta todavía conserva a su alrededor y hasta en su lenguaje una atmósfera inmaterial que lo protege de la duda que él mismo despierta; pero no un cuentista. Mucho menos, si los términos perder o interrumpir participan de la posibilidad de ser metáforas. Sin embargo, lo que me sucedió a mí cuestiona mis propias afirmaciones de que no es creíble que un cuentista pierda su cuento consagratorio o sea interrumpido mientras lo componía. La otra tarde perdí un cuento que un cuentista había perdido y que yo me había encontrado.


Puse de cabeza mi estudio, en donde guardaba el cuento perdido en espera de que el cuentista diera señales de haberlo perdido y de querer recuperarlo. Deshice carpetas en busca del cuento, levanté el tapete, quité lo que cuelga de las paredes, fotografías, acuarelas, collages, calendarios viejos y calendarios nuevos, con la esperanza de dar con el cuento pegado detrás del forro de algún marco, la tela de una silla pintada al óleo, o del tapiz de un bosque canadiense en el otoño. Pero no encontré el cuento perdido y vuelto a perder.
Ya le había cobrado doble afecto, por cierto; pues se trataba de un cuento, aunque alarmante, novedoso, lo que hacía que me doliera que su autor lo hubiera extraviado y, lo peor, que no lo reclamara. Pesar sobre pesar. Y si añadía el elemento de alarma, el asunto producía en mi búsqueda una inquietud de igual forma doble. Llegué a gritarle por su nombre, a ver si respondía.
Bueno, llegué a enloquecer. A pesar de que estaba segura de que el cuento no había salido de mi estudio, partí de noche en su busca con una linterna a una zona de la ciudad, en las orillas, en la que tenía entendido que había una cueva en la que se refugiaban fugitivos de toda clase: sí; fugitivos; pero, ¿un cuento? ¿Qué me hacía sospechar que el cuento doblemente perdido hubiera ido a dar a esa cueva de desechos, de desertores de la vida, transitorios o definitivos? Sin embargo, hacia ese depósito inseguro me dirigí, impulsada por la urgencia de volver a tener en mis manos el cuento perdido y vuelto a perder. Me temblaban los dedos. No me perdonaba el descuido con el que había pretendido más bien atesorar mi hallazgo. ¿En dónde lo podía haber puesto? Hablo de un cuento, y no tengo la certeza de que nuestro texto en cuestión lo fuera. Y hablé de que su sino era de alarma. A ratos pienso que podía en realidad tratarse de un poema, pues era memorizable; de hecho, yo lo había memorizado. Apenas unas dos líneas y un poquito más. Cuento o poema, era alarmante, ¿Género de horror? O terror. O realismo llevado a sus últimas consecuencias. O humor negro. O informe psiquiátrico. O fantasía desquicidada.
De forma intuitiva o mecánica, en camino hacia la cueva iluminaba los troncos de los árboles. Me animaba la esperanza de ver clavado contra ellos un letrero con el aviso de una recompensa a quien encontrará un manuscrito, unos papeles, un legajo de tales y tales características y lo devolviera a su dueño, palabras a las que seguirían las señas del cuentista. La cosa es que a la cueva llegué con las manos vacías, doblemente, sin el manuscrito y sin la demostración de que su creador quisiera recuperarlo. ¿No lo quería? ¿Entonces no lo había perdido, sino que se había deshecho de él? ¿Al ser anónimo y no reclamado, el que lo encontrara podía apropiárselo? ¿Era mío, aun cuando yo también lo hubiera perdido? ¿Haberlo memorizado era la prueba fehaciente de que era mío? Y, si en el trayecto de sus pérdidas, las dos que me constaban, más otras probables, otras mentes lo hubieran memorizado, ¿de quién era el cuento perdido y vuelto a perder y vuelto a perder?
Con estas preguntas en la cabeza llegué a la cueva. Para internarme en ella, usé el cuento de contraseña. Lo dije en voz alta: «Cuando me rompí en pedazos, logré agacharme y recoger la mayoría: pero, al intentar la reconstrucción de mi persona, desconocí el orden de los fragmentos». Para terminar, añadí: «Heme aquí».

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