Crónicas de Londres II

Enero del año nuevo. Seis meses en Londres. Ya hemos vivido la parte más fría, con sus nevadas nocturnas y calles heladas. Ya hemos sobrevivido las Navidades, la vuelta fugaz del turrón y los nuditos que deja por dentro. Para el mes que viene hay casa nueva, lejos del cuchitril pulgoso. Estamos aún batallando con las pulgas, pero ellas también caerán.
Nanito dice que con el pelo corto parezco un duende, una hadita, o una mezcla de los dos. Ya no lo tengo tan corto, va creciendo y empiezan a desflecarse las puntas, floreciendo. Las gafotas redondas me achican los ojos de búho, sin ellas parezco un abuelo búho desflecado.


No puedo dejar de mirar el cielo. Me sigue pareciendo viejo, tan viejo. A veces tan azul, o pincelado de colores en cualquier atardecer estirado. Otras gris y nuboso, o con niebla, o con luna. Con más gris, más niebla y más luna que ninguno. El cielo de Londres está más cerca, más cerca de los ojos, de los guantes y de los pelos. Los edificios bajos acercan el cielo. Los techos de Londres con sus chimeneas desparejas y deshollinadores, están cerca del suelo. Ciudad de gigantes que pueden tocar el cielo. La luna dorada y gordota sobre el río.
Los ingleses adornan las farolas con flores. Los ingleses echan sal marrón en la calle cuando nieva. Los ingleses llaman a todas las calles con el mismo nombre, cambiando las terminaciones de la ristra de reyes y príncipes. Los londinenses leen el nombre de una misma calle de diferentes maneras. Los ingleses tiene estatuas de metal mate esparcidas por las calles, desde Lincoln a Churchill y los leones de Trafalgar. Los copos de nieve sombrean de blanco los leones, les dan un aire de artistas. Cubren de canas al viejo Lincoln, siempre de pie delante del sofá. Las palomas inglesas gustan de las cabezas de los generales de metal, aire de cómicos. Los ingleses en sus breaks de media hora comen patatas enchaquetadas, tartas del pastor, o variedades de comida hindú.
Nos movemos en Londres con el autobús rojo. Es casi siempre rojo, el número 15 tiene una variedad verde árbol, debe de ser ecológico. Y unos cuantos de la City varían cubiertos de dorado, para conmemorar todos los años que lleva la reina hija reinando. Esperar el autobús es la zona más fría de Londres, las paradas están abiertas mirando la acera, maniobra inteligente para que nadie se hiele del todo. Los buses antiguos son los más fríos, el pedidor de tickets siempre tiene problemas con la gente que se queda en tierra. Los días de lluvia se empañan los cristales, se pueden dibujar pensamientos en medio de todo atasco. Gusanos de color que llegan tarde. Lo mejor es colgarse en la barandilla antes de tu parada, con toda la lluvia y el viento en los ojos. Algunas mañanas los buses se llenan de niños que van de excursión. Llevan una profe por cada cuatro cabezas. Se suelen cruzar con los paseadores de niños de Trafalgar sobre las diez, con cuatro carritos de tres niños cada uno y un par a ambos lados.
Los policías forrados de amarillo fosforito montan a caballo por Whitehall. Una mañana de invierno vas andando entre las prisas de la gente y te encuentras con el pintor de baldosas. Hoy ha pintado una catedral nevada. Ayer le explicaba a una chica como nadar en su cuadro. En la esquina de Waterstone¥s hay una vieja grandota con cara de lectora de fortunas, pidiendo para un café, con nociones de patafísica en los huesos. Pasando el puesto de flores con su vendedora rubia forrada en peluche, tropiezas con una china envuelta en un paraguas rosa pálido, que te salva de la salida de los taxis de la estación. El mundo sonríe en medio del caos, la gente no le hace caso. La combinación es genial.
(Londres, enero del 2003)

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