Amor de lluvia

La gente se reía de él cuando contaba sus lluvias. Contaba que la lluvia le perseguía a todos lados, desde que era un niño amigo de los paraguas. Su madre le regaló un chubasquero azul, unas botas de agua y un paraguas a juego, en una de sus primeras Navidades. En el pueblo donde vivían llovía mucho. A él le gustaba la lluvia, le gustaba chapotear en los charcos y calarse los pies cuando el agua entraba en las botas. Los charcos eran tener un pedazo de toda esa agua que caía del cielo, para solo para él, para pisarla, salpicar y hacer ruido. Pensaba que así crecería a lo alto, como los árboles crecen con la lluvia. Pero lo único que consiguió fue una pulmonía. Estuvo enfermo un par de semanas, y su madre empezó a tener miedo de la lluvia. Le regaló el paraguas azul, las botas de agua, y el chubasquero a juego.


Nunca se había sentido tan ridículo como el primer día de lluvia que fue al colegio ataviado con esos trastos. Desde ese día sentía que la lluvia lo odiaba. Iba tapado hasta las orejas con elementos para repelerla, estaba seguro que ella le veía como un enemigo, nada quedaba del niño que podía chapotear feliz en los charcos. Todo por una pulmonía. Pero se acostumbró a convivir con esos trastos anti lluvia, y fue añadiendo, con los años, y por su propia voluntad, otros elementos, como un gorro con ala ancha, unos parabrisas a medida para los cristales de sus gafas, incluso un guardabarros en las costuras del final de la gabardina, para que no le empaparan los coches que corrían por los charcos. Siempre llevaba la indumentaria a punto, bien dispuesta, en una mochila -impermeable- para cualquier ocasión.
Solamente le bastaba con que empezara a lloviznar para sumergirse en su armadura. Pasaron los años y la lluvia le dejó en paz. …l vivía en su mundo, y la lluvia en el suyo. No se trataban. Llegó un día que cambiaron las cosas. Todo empezó cuando se le voló el paraguas. El viento era tan fuerte que no pudo sujetarlo bien, y se voló, la protección del gorro y del chubasquero azul eran suficientes, pero por falta de costumbre se sentía calado. Cuando corría torpe y disgustado para guarecerse, la lluvia paró, y al levantar la vista vio su paraguas en lo alto del edificio de tres plantas de la calle de enfrente. Se quitó el gorro y se desabrochó el chubasquero azul. Tenía que recuperar su paraguas. Después de dar tres pasos, empezó a llover, más fuerte que antes. Se paró en medio de la calle para volverse a colocar la indumentaria. Mientras abotonaba, echó un vistazo alrededor. Había salido el sol, y unos rayos iluminaban el asfalto, a pocos pasos de donde estaba parado. Por el otro lado también había sol, y veinte metros más allá, igual. Incluso en el tejado donde le esperaba el paraguas. Pero él se seguía empapando, miró hacia arriba y solo vio sol. Con lluvia, gotas de lluvia que le caían sobre el gorro. Era incómodo. Siguió caminando todo extrañado, y la lluvia le seguía, tres pasos alrededor y solo había sol. Pero en su punto, lluvia. Contó hasta tres -en voz baja- y salió corriendo todo lo rápido y repentino que le dieron las piernas. Unos metros de carrera para darse cuenta que la había dejado atrás. Casi estaba llegando al edificio cuando se paró en seco. Había pisado su propio paraguas, que había caído desde arriba en el único charco de la calle. Resignado, intentó abrirlo, y se apañó como pudo para seguir su camino mientras estornudaba.

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