cuento zen, Los dragones

Al rey Seko le gustaban mucho los dragones. Las paredes de su palacio estaban llenas de pinturas de dragones. Los suelos de su palacio lucían con mosaicos de dragones. En los salones de su palacio había dragones esculpidos en estatuas, en frisos.
Una mañana, al levantarse el rey Seko y abrir la ventana de su palacio, un gran dragón entró por ella y le mostró su rostro. El rey, completamente conmocionado, se desmayó.


Al rey Seko solo le gustaban las imitaciones de dragones.
Sólo le gustaba hablar de dragones.
Le daban miedo los auténticos dragones.

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