La nueva vida de Peluso

Hoy me siento como Andy en la última escena de Toy Story 3. Me acaban de enseñar una foto de la nueva vida de Peluso, al lado de una niña de su tamaño llamada Paola. Hace años un buen grupo de amigos me regaló un oso de peluche gigantesco antes de mi mudanza a Inglaterra. Peluso, un oso pardo genuino, con varios tonos diferentes en la piel, brillaba según lo movías. Como los osos auténticos. Lo compró mi amiga Berna, y siempre cuenta que el peluche era tan grande que se lo sentó en los hombros porque era la manera más fácil de llevarlo. Peluso me acompañó durante varias mudanzas Inglaterra abajo, aplastado en una maleta que —acabo de recordarlo, no sé qué enfermedad tenía yo entonces— era de la marca Travel bear. Peluso nunca tuvo una vida total de juguete, el pobre era un mero acompañante, una mancha parda gigantesca que me recordaba que tenía que volver a Madrid. Y una vez en Madrid el pobre oso estuvo varios años cambiando de espacio, del armario de casa de mis padres al trastero de casa de mis padres, y de vuelta al armario de casa de mis padres. En una Seguir leyendo

La habitación imaginaria

En Barcelona, hasta el 15 de enero, puede pasearse uno por la habitación imaginaria de Juan Eduardo Cirlot, una intromisión expuesta a todos sus mundos visuales, de alguna manera. Imagino. Imagino porque no creo que pueda pasarme por Barcelona para visitarla. Lo que sí puedo es anunciarla, y en su honor, recuperar el sueño 27 de su libro 88 sueños. Hay un estanque grande, de agua verdosa y sucia. El cielo está gris y el campo, a lo lejos, como hundido en tristeza. Yo estoy a un extremo de esa balsa, que es de forma oval y, al lado opuesto, hay una niña.

La impermanencia, la escritura

A veces escribo en las paredes de mi casa. Bueno, no es exactamente en las paredes. En las paredes escribe mi amigo Manel —lo que tampoco es ninguna mala idea—, ha cubierto las paredes del pasillo que lleva al salón con planchas de pizarra blanca y se da el gustazo de escribir al pasar. Lo mío son los espejos. En casa tengo varios, alargados y altos, y escribo en todos. Escribo con rotuladores para niños, de colores. Se borran con poco. Cuando se me ocurrió solamente escribía en los espejos de la habitación. Tienen escritura automática torcida que luego no entiendo bien, esquemas desordenados o listas de palabras, o también dibujos con círculos y flechas. A veces copio párrafos largos. Me pongo decálogos, aforismos. Lo que venga. A los pocos días lo borro, pero otras veces pasan meses ahí las ideas y hay que echarles limpiacristales hasta que desaparecen.

Rimpo, Momo, la gatera y el hueso de aguacate

Hay días que me levanto con ganas de enviar a mi gato a Siberia. En una cajita de madera, con un lazo rojo, y sin remite. Se llama Rimpo, y es un gato cuidador. Cuida. Tiene que cuidar. Cuando no cuida a alguien se pone de los nervios. Tengo visita en casa, una visita que trabaja por la noche. Eso significa que si Rimpo está obligado a dormir a puerta cerrada (gran error) y sin poder vigilar a mi visita, no descansa. Toda la noche dando vueltas de un lado a otro de la cama. La otra parte de la ecuación se llama Momo, y es una gata que no sabe maullar. Cruje un poco, nunca maúlla. O más bien lo hace tan bajo que nadie la escucha. Abre la boca pero no emite sonido. Eso sí, rasca las paredes, las puertas. Ahora le ha dado por el espejo del armario, está empeñada en que, dentro del armario, a medianoche, ocurre algo. Si le cambio la gatera de sitio (porque tengo una gatera móvil que se puede cambiar de habitación, claro que sí) no sabe entrar en casa. La mira, la toca, pero no entiende hasta que pasa un rato Seguir leyendo

Hacerse el muerto en Madrid

El viernes 14 se presentó en Madrid Hacerse el muerto, el nuevo libro de cuentos de Andrés Neuman publicado por Páginas de Espuma, y en la primera copa se me ocurrió decir que escribiría una crónica. Tengo tres razones para ir a presentaciones de libros: que el autor sea amigo mío, que alguien me haya hablado muy bien del libro, o que esté apadrinado por escritores a los que me gusta escuchar. En este caso fue la última razón, no creo que haya mejores padrinos para un libro de cuentos que Ángel Zapata y Eloy Tizón. Como dijo Andrés, además, recalcar esto es una obviedad, pero cómo vamos a no decirlo.

Buscar el caballo de metal

Escribir es como pescar. A veces tengo la sensación de tirar hilos al mar. Sé que en el mar hay peces. Sé que soy buena pescando, que tengo suerte. Pero escribir es mucho mejor, es menos frustrante. Porque si espero con paciencia, algo acaba picando. Siempre. Si dejo de pensar que tengo que pescar un pez, que me estoy muriendo de hambre y que si no pesco, no como; si dejo de pensar eso es cuando los peces pican. A veces lo finjo un poco, me hago la distraída, pero también funciona. Incluso a veces cuando me salto todas las normas y le grito al pez de las profundidades que pique de una vez, el pez de las profundidades pica. Escribir es mucho mejor que pescar. Otras veces es como caminar un poco a la deriva. Sabes dónde vas, tienes una idea más o menos clara del aspecto que tiene el lugar al que te diriges. No has estado nunca, pero sabes, por ejemplo, que es un pueblo marítimo pequeño y bonito de la costa donde la gente habla francés, y sabes que hay una plaza de piedra que tiene una escultura de un caballo.