Siete años

Y estamos igual, seguimos igual. Más viejos. Más sabios. Las tardes siguen siendo de sol y de mate, como nos hubiéramos visto ayer. Nos merecemos un verano, primita. La luna se dibuja casi llena al otro lado del río, tiene poco camalotes este verano. Sopla un viento que mueve toda la casa blanca y tira ramas. El ombú que plantó Mirta está más alto que nunca. Llevaba siete años sin abrazarte. Ahora tengo canas. Vos estás igual, viejo. Ya no paseamos tanto a Bran, que casi no consigue vernos con los ojos opacos. Pensar que hace tiempo no se gustaban.

Berisso y La Plata

Llegué un poquito del verano, el 20, a la madrugada. Hay calor y carretera desconchada. Los coches se saltan los semáforos en rojo y pasan por las vías de tren como si no estuvieran ahí. La llama de YPF está toda la noche encendida. Berisso sigue oliendo a zanja, y a río, y a verde, y a jacarandá. Caminamos entre la gente y tomamos la primera Quilmer del verano. La cerveza la sirven entera, todo el litro en la mesa, dos vasos grandes y un platito de maní.

París

Son las cinco de la mañana y no se nos ocurre otra cosa que caminar hasta la Torre Eiffel desde el barrio latino. Una buena caminata por la orilla del río al amanecer. Encontramos gente durmiendo debajo de los puentes. Una garza, elegante, en silencio. Y la Torre Eiffel, inesperada, surgiendo con toda su fuerza de la nada. Los jardines están vacíos. Durante un segundo pienso que tenemos suerte, que debe ser difícil estar en un sitio como ese, tan vacío y tan en silencio. Es como si fuéramos las primeras personas en el mundo en verla.

Primera visita a Francia

Desde el avión, Francia parece un lugar muy ordenado. Los cultivos tienen los bordes delimitados, casi cortados con tijera, están unos junto a otros, y a veces, entre medias, aparece un pequeño bosque. En cada pueblo, en el centro, hay una iglesia, rodedada de casas en calles alineadas. El avión se inclina hacia un lado y por un momento parece que vamos a caer en la selva. Nada más aterrizar veo un conejo marrón, curioso, entre las hierba. Pega un salto y lo pierdo de vista. Doce kilómetros de ciervos sueltos.

Pequeños encuentros

Mamá ha vuelto de Argentina. La casa está limpia y las plantas regadas -solo con el agua que les hace falta, ni una gota más. Volvemos a coincidir en los pasillos de la casa. Cuando nos cruzamos aprovechamos para comunicar en voz alta pequeños problemas. Ella dice cosas como: “No encuentro la camisa azul”. Yo le contesto otras como: “No tengo conexión a Internet”. Y seguimos cada una con lo que estábamos haciendo.

Tesoros

De pequeña tuve tres tesoros: una roca, un manzano y una playa. La roca era una piedra enorme a la salida de casa, tenía tres metros de altura, era mi fuerte de guerra, mi barco pirata y un puente hasta la casa de los vecinos. El manzano lo plantó mi padre el día que yo nací, enterró las semillas de una manzana que se acababa de comer. El árbol creció rápido y fuerte, se hizo más alto que yo. Y la playa estaba a veinte metros de casa. Una playa eterna con fondo de bananeros, botes de pescadores y tres islas verdes perfilando el horizonte. Todo esto era nuestra casita de la playa.

Cometas de colores

Colégio Palas, Rio de Janeiro, barrio da Tijuca. Recuerdo mis tiempos de colegio en Río tan mezclados como las calles de Madrid. Imágenes sueltas de un todo que no sé pegar. Luego empiezas a andar y dos esquinas que suponías lejanas están a la vuelta una de la otra. Madrid no es tan gigante, no han pasado tantos años. Me gustaría volver para acabar el collage.

Mirando al sur

Nunca había vivido tan al norte del mundo. No me había dado cuenta hasta ahora, hace un minuto. No me paso los días mirando al sur, hay que mirar hacia delante. A veces vuelvo la cabeza y miro al sur, los del sur me sonríen con sentimientos mezclados. Los del sur me dicen que les salude todos los días, con señales de humo si puede ser. Puedo intentarlo, no será todos los días, que mi reloj adelanta. Pero será.