de Mario Benedetti, El otro yo

Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo. El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente, se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse incómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.

de Julio Cortázar, Casa Tomada

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales), guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia. Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura, pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos a mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos pocos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por los bisabuelos en nuestra casa.

de Gabriel García Márquez, Algo muy grave va a pasar

Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde: -No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo. Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice: -Te apuesto un peso a que no la haces.

de Hermann Hesse, Juego de sombras

El ancho frente del castillo era de piedra clara y sus amplias ventanas daban al Rin y al cañaveral y, más allá, a un paisaje luminoso y abierto de agua, juncos y mimbres; en la lejanía, las montañas cubiertas de bosques azulados formaban un suave arco que las nubes seguían en su recorrido. La fachada del castillo se reflejaba, coqueta y alegre como una jovencita, en el agua que corría lentamente. Sus arbustos ornamentales dejaban caer las ramas de color verde claro hasta el agua y, bordeando el muro, las góndolas de recreo pintadas de blanco se balanceaban con la corriente. Aquella parte soleada y alegre del castillo no estaba habitada. Desde que la baronesa se había marchado, todas las habitaciones estaban vacías, excepto la más pequeña, donde vivía, como siempre, el poeta Floribert. La señora había cubierto de deshonra a su marido y su castillo, y de su alegre y numerosa corte no había quedado nada, sólo las barcas y el poeta taciturno.