El gallo de la cocina

Cuando apareció el gallo en casa, papá dejó de guardar sus ilusiones en frasquitos de vidrio de la cocina. Hasta entonces siempre lo había hecho. Mamá guardaba especias en esos mismos frasquitos, y papá, ilusiones. No nos hablaba de sus ilusiones, se limitaba a escribirlas en pequeños trozos de papel blanco para después hacer un rollito con ellas y meterlas dentro de un frasco de vidrio en el armario para especias de la cocina. Porque ambos guardaban sus frasquitos en el mismo lugar, un armario de puerta corrediza. A veces les veía discutir sobre qué frasquitos tenían que colocarse en la primera fila, mamá quería colocar el orégano porque lo usaba mucho, para todos los platos; y papá defendía su ilusión por un mes en Roma, porque le hacían falta unas buenas vacaciones.

Calamón

Cuando era pequeña me asombraba la cantidad de palabras que se oían en casa. Sobre todo en la cocina. La puerta de la cocina siempre estaba abierta, tenías que pasar por la cocina cuando entrabas desde la calle, y la mayoría de la gente se iba quedando allí, sentada. No les interesaba el resto de la casa. Se sentaban en la cocina y empezaban a hablar, a decir un montón de palabras apelotonadas. Yo no entendía la mayoría de ellas, y pasaba el tiempo preguntándole a mi padre qué significaba esto o qué quería decir con lo otro. Mi padre tenía un humor tan singular como grande era su orgullo, y que nunca admitía no entender ciertas palabras rimbombantes que decía mi tío Juan.

Peces tropicales

Me han regalado dos peces tropicales, idénticos, de color naranja. Me los regaló mi amiga Clara, nada más volver de Cancún, ya que estaba convencida que los peces tropicales le alegran la vida a cualquiera, sobre todo si son de color naranja. Y me había visto, ¿cómo había dicho ella?, un poco gris. Yo llevaba tres días enteros sin salir de casa esperando una llamada de teléfono que no llegaba, y puede que sí, que estuviera un poco gris. El móvil sonó por fin ayer, a las seis de la tarde, pero solo era mi amiga Clara que había vuelto de Cancún con una “sorpresita” para mí. A la media hora apareció en la puerta de mi casa con dos peces naranja en una bolsa de plástico. “Son ideales para tu pecera”. A Clara le gustaba mucho esa palabra, “ideal”, todo en su vida era “ideal”, lo utilizaba sin ningún problema tanto para adjetivar la dieta de la coliflor como los escaparates de la calle Velázquez.