Una estrella suave y azul

La encontré en las calles de Viena el primer día que me perdí caminando sola desde la tienda turca al hotel. Era de felpa, celeste, y tenía un cordón rojo (casi un pendiente) atado un agujerito en una de las puntas; como si alguien la hubiera querido colgar de un árbol de Navidad. Pero se ve que no quería ser adorno, que gritó y se revolvió hasta escaparse. Acabó en mi bolsillo izquierdo, paseó conmigo todos los días por Viena, andando y andando otra vez. A veces la cogía, la sacaba fuera, la miraba un rato. La aplastaba un poco. La estrella azul giraba sobre sí misma. Hasta que tiré demasiado, se le cayó el cordón rojo, y ay, no pude volver a ponerlo. Se quedó entonces como una estrella suave y azul, con las puntas algo deshilachadas. El domingo, ese casi perfecto cuando dejé Viena, se revolvió desde temprano en mi bolsillo. Inquieta estaba. Al subir las escaleras que me alejaban del río verde salió de su cueva, atraída sin remedio por toda esa luz que podía sentir incluso desde su escondite. Entonces casi voló por si misma. Como una estrella fugaz. Parecía una de esas estrellas fugaces de Seguir leyendo

El barco gigante (3)

La tenían delante. La ballena gris. Sacó del mar medio cuerpo y expulsó agua en ráfagas. Me rodeaban cientos de personas en cubierta y ninguna fue capaz de ver la ballena. “Miren, miren la ballena gris. Está tirando chorros de agua”. Ni siquiera pudo verla la niña de cinco años que estaba colgada del pantalón de su papá. “Ahí, justo en el medio, ¿cómo no puedes verla ni siquiera tú?” La niña me miró curiosa. Enseguida se distrajo por la música de la piscina de cubierta, se fue corriendo hacia allí porque alguien estaba tirando caramelos al aire.

El barco gigante (2)

Son cuatro. Pasan los cincuenta. Hablan del negro, que es brasileño y toca la guitarra en el piso cinco y canta con voz de farofa, de manteca. Le piden una canción de Roberto Carlos. “Cualquiera”, le dicen, “la que sea”. No recuerdan ningún título. El barco gigante zarpó a las seis de la tarde y navega a todo motor rumbo a Río. Nos quedan kilómetros por delante, el mar es inmeso. Yo he salido a cubierta y lo he visto, es inmenso. Las cuatro señoras hablan con el camarero, que se llama Kadik y es de Filipinas. Y no entiende una palabra de español. Las señoras le dicen algo, yo también lo escucho. El negro canta una de Roberto Carlos, una canción cualquiera, una que parece que le aburre. “¿Parados?” Kadik repite las palabras que le dicen sin entenderlas, me mira en busca de ayuda.

El barco gigante (1)

Salimos del puerto a las seis de la tarde. Todos los pasajeros suben a cubierta para ver cómo el barco gigante se aleja de la costa de Buenos Aires. Al cabo de una hora poca gente sigue mirando el mar, ya no hay nada que mirar. Cuando pasan tres horas anochece, y algunos vuelven a salir para ver los colores. La luna sube gigante y roja desde el mar, trae viento. Cuando pasan dos horas más no queda nadie en cubierta. Solamente el chico que barre y ordena las toallas. Ahora no recuerdo su nombre, me lo dijo después de cinco días de verme por allí a esas horas. La primera noche me costó dormir, no quería meterme dentro del barco. Fuera estaba el mar, enorme. Tranquilo y negro, nada más que un barco dormido y el mar. Había pájaros, pequeños, que pasaban junta a la luna y se les iluminaban las alas. Y mucho viento. Muchísimo viento con sal.

Copenhague, su silencio

El agua en los lagos congelados de Copenhague es tiempo que se condensa. Se queda inmóvil durante todo el invierno, como si la tierra hubiera dejado de respirar por un momento. Qué extraño es mirar un lago de agua congelada, estática, detenidísima. Y saber que, con toda seguridad, debajo de esa capa de hielo y silencio y enorme quietud, hay peces vivos, nadando como todos los días, como si nada ocurriera por encima de sus cabezas.

Copenhague, sus pasos

Copenhague está hecha de niños. De niños que visten trajes coloridos de esquiar y sombreros puntiagudos de lana. Niños que tiran de trineos vacíos por la nieve. Niños que abren tanto la boca al escuchar los coros de Navidad que no les entra en el cuerpo ni un poco del frío que hace. Niños que viajan con sus padres en unas bicicletas tan equipadas para ellos que tienen capota, y asientos, y timbres propios. Niños que, cuando crecen se hacen altísimos, muy rubios, y hablan entre ellos sin conocerse de antes y sonríen —o casi— a los que pasan por allí, esos forasteros enfundados en varias capas de ropa de abrigo que se fotografían junto a la sirenita o junto a la estatua de Andesen. Niños grandes que van en bicicleta a trabajar, se cubren con gorros de Papá Noel para cantar en los coros a pie de calle y preguntan con delicadeza a los turistas —los pocos que se aventuran por allí en invierno—, si necesitan ayuda para elegir un búho de felpa o unos calcetines abrigados de colores.

Helsinki en tres

La nevada nos construye Helsinki la primera noche. El viento se ha marchado y la nieve cae encima de todas las cosas para distraerlas del sentido. Las calles y las aceras y los coches no se distinguen del resto del mundo, toda la ciudad se convierte callada en un mimbre blando. El mundo es nuevo y libre, caminamos a la deriva, pateando la nieve que se amontona en las esquinas. Entre risas y entre silencio, rodeados de estalactitas de hielo que nos atrevemos a arrancar de las paredes para comprobar cómo se nos derriten en las manos. Los pájaros de invierno permanecen en el puerto, pacientes, vuelan en bandadas antes de que el viento cambie otra vez de dirección, los pille distraídos, y tengan que posarse sin remedio en la tierra.

Tampere en dos

Tampere es una ciudad esdrújula, su nombre hay que susurrarlo un poco, apoyando todo el peso en la primera sílaba y en la segunda pisada en la nieve. En Tampere las cosas no parecen lo que son, el exterior siempre es más frío, y tiene más árboles, y más nieve, y más hielo, y las islas que se perfilan entre neblina del lago son tan inventadas como un producto de nuestro sueño recobrado. Porque no puede existir una ciudad tan callada, con chimeneas altas que escupen un humo que no sube, con niños jugando en la nieve como si fuera arena, plantas de bayas rojas escarchadas, buzones para cartas que son gusanos de acero, iglesias de piedra con serpientes sin cabeza guardando la cúpula, retratos de una muerte sonriente regando pequeñas plantas de flores cuadradas, un pez globo disecado, un mummy metálico a escala real y un duende de cabeza rosada que baila en las escaleras.

Orivesi en uno

En Orivesi hay un apeadero de trenes donde llegar a medianoche en invierno. Un bosque de pinos callados a los dos lados de la vía. Aire frío y nuevo, en la parte más al norte del mundo. Silencio, ganas de romperlo, y un taxi con calefacción que aparece de la nada. En Orivesi las casas son calientes por dentro. Orivesi significa agua y también caballo, o caballo de agua, o agua para que beban los caballos. Hay una estatua de metal en el centro del pueblo, y varios lagos helados. Uno al que nunca llegamos. En Orivesi hay un pub escondido al que solo podrás entrar si estás en el momento adecuado en el sitio justo, preguntas a unos chicos parados en medio de la calle y te fijas en el cartel manuscrito de la puerta que no parece una puerta. En Orivesi hay una chimenea encendida en una vieja granja casa en medio de la tundra, hay un colegio mayor donde los estudiantes son tan libres que cantan y recitan en la calle y los ascensores. Hay nieve en otoño, mucha nieve, y junto a cada puerta un cepillo para sacudir los zapatos, y las prisas, y todas las Seguir leyendo