El camino a Chicago

En algún punto del camino a Chicago detuvimos el camión. Debió pincharse una rueda. O nos lo inventamos. Qué más da. Cualquier razón es buena para detener un camión que empieza a pillar demasiada velocidad, que carga a toda una familia. Y a pesar de que las carreteras que llevan a Chicago son lisas y llanas, y sin curvas durante kilómetros, imaginar el camión saliendo por la tangente, volcado, con sus kilogramos de canicas esparcidas por la carretera, el hilo de gasolina a punto de arder, todo eso nos dio pavor. Supongo, un poco de miedo, razón de sobra para hincar los frenos hasta el fondo. Hacer derrapar, con algo de saña, las ruedas del camión en la carretera. Y detenerlo, al camión. Y salir corriendo, la familia entera, despavorida, en todas las direcciones posibles.

Eso que nos invade

Soy un árbol de tronco fino. Tengo un tronco fino pero mis raíces largas están bien metidas en la tierra. Mis raíces, incluso, salen hacia fuera de la tierra, se corvan un poco, y aunque nadie llega a tropezar con ellas porque no tienen esa longevidad callosa propia de las raíces, asoman oscuras a los pies de mi tronco. Algunos las ven. Yo las veo. Miro mis raíces desde arriba como si no fueran mías. Si aprieto los poros y las esporas y crujo por dentro del tronco noto mis raíces. Las que están bajo tierra. Las que me sostienen. Las que me conectan con todo eso que me sostiene. Tengo muchas ramas, muchísimas, con miles de hojas de distintos tamaños. Las hojas se mueven con el viento y me distraen, me mantienen entretenido.

Un poco de mundo

El mundo es redondo y gira fuerte. Redondo como un ojal. Y tiene frío, y música en las ventanas, y asperezas. Asperezas que se encogen de puro gris. En la calle hay pájaros que me miran y me siguen, vuelan bajo, pegados a mi cabeza. A veces los pájaros que me siguen casi se chocan con las baldosas.

Y el puente del abismo

Sigo de pie delante del acantilado. El bosque, ese de árboles frutales, sigue estando a mis espaldas. Y también la cabaña, con sus mismas maderas nobles y su olor a leña. Tal vez, eso sí, un poco más húmeda, con incluso alguno que otra teja nueva e inesperada —pero cabaña al fin y al cabo—. Sólida, enteramente sólida. Y me distrae del acantilado, las cabañas siempre distraen de los acantilados —protegen de los acantantilados—. El mismo acantilado de siempre, que sigue donde estaba, solo a un paso. Y resulta que —quién lo diría—, al final es solo tragar un poco de saliva para que el puente se haga visible donde siempre ha estado, entre la maleza. Ese puente que lleva al otro lado del abismo y que, aunque lo tenías delante, no veías hasta dar ese paso un poco a ciegas, como a lo tonto. Como quién no quiere la cosa.

Manifiesto de invierno

Vamos a tirar todas las cosas por la ventana. A sacarlas por la puerta y rayar el suelo de madera. Cuánto más pesen, mejor. Vamos a empujarlas con fuerza hasta que pasen a través del marco, se atasquen en el ascensor y se queden tan quietas junto al contenedor de residuos. Vamos a inundar la ciudad de lavadoras viejas, de cacerolas oxidadas y de pilas de cartas sin abrir. Vamos a cubrir el suelo de papeles, que no se vea ni un solo resquicio de nuestro suelo de madera. Venga, vamos a tirar el jarrón de porcelana china y el retrato de mamá. Hace tiempo que está ahí, está cogiendo polvo, a nadie le gusta, ayudadme a descolgarlo. Vamos a bajar por las escaleras el piano desconchado, vamos a meter en bolsas de basura todos y cada uno de los adornos que cubren la mesita de la entrada. Tiremos los gatos de madera, los bustos de ninfas, las medias lunas cubiertas de hojas secas. Y sobre todo esa pequeña reproducción de la Torre Eiffel.

Papiroflexia

Viajo en tren. A mi lado está sentado un hombre que sostiene, en el regazo, un sobre repleto de trozos de cartulina y láminas de cartón de color. Coge los papeles y los recorta con cuidado, los pliega varias veces, los despliegue. Saca los cuadrados blancos y los esparece sobre la cartulina, componiendo una suerte de rompecabezas en movimiento. Los dos viajamos de lado y deslumbrados por el sol que entra por las ventanas del tren, es temprano. Hay otras personas en el vagón que viajan de frente o de espaldas en la dirección del tren, pero nosotros vamos de lado porque no había otros asientos libres. El hombre viste zapatillas blancas, impolutas. Sus manos se mueven despacio, con precisión. Está montando, con cuadrados blancos y de color, una forma poliédrica, con bordes perfectos. Una forma que no se parece a nada, no es un animal de cartón, no es ni un cubo ni una pirámide. Tampoco es simétrica, ni tiene ningún sentido lógico. No se parece a nada. A nada.

El abismo recobrado

Estoy de pie delante del acantilado. A mis espaldas queda el bosque, un bosque de árboles frutales y margaritas salvajes que crecen en montones hasta la puerta de la cabaña donde la que he vivido estos años. Bonita cabaña, con sus maderas nobles y su olor a leña en invierno, el agua de la fuente del jardín. Giro la cabeza para mirar la cabaña por última vez, la chimenea debe estar encendida porque sale un humo gris a bocanadas. El acantilado siempre estuvo aquí, tentador. Ahora tengo que saltar. Sé que por mucho que crezcan los árboles el acantilado no desaparecerá. Me pongo de puntillas y me impulso. Cuando siento que se despegan mis pies del suelo no sé si saldré volando o me estrellaré en las rocas. Pero no tengo miedo.

Mi yo plastilina

Nunca apoyo bien, porque no giro, por lo del cúbito. Desde que me alargaron no giro, me quedo ahí, y tengo que colocarme de una forma especial para sujetar las cosas. No puedo apoyarme en mis cinco dedos. Solo si me levanto. Si me levanto no hay problema. Pero en los exámenes de mí no me levanto, no valgo para los exámenes de mí. A veces también siento que me descoloco, mis músculos son flacos y débiles, y tienen una pequeña hendidura que me gustaría rellenar con plastilina.