de J.D. Salinger, El guardián entre el centeno

A pesar de ser tan tarde, Ernie estaba de bote en bote. Casi todos los que había allí eran chicos de los últimos cursos de secundario y primeros de universidad. Todos los colegios del mundo dan las vacaciones antes que los colegios donde voy yo. Estaba tan lleno que apenas pude dejar el abrigo en el guardarropa, pero nadie hablaba porque estaba tocando Ernie. Cuando el tío ponía las manos encima del teclado, se callaba todo el mundo como si estuviera en misa. Tampoco era para tanto. Había tres parejas esperando a que le dieran mesa y los seis se mataban por ponerse de puntillas y estirar el cuello para poder ver a Ernie. Habían colocado un enorme espejo delante del piano y un gran foco dirigido a él para que todo el mundo pudiera verle la cara mientras tocaba. Los dedos no se le veían, pero la cara sí. ¿A quién le importaría la cara?

de Italo Calvino, Las ciudades invisibles

Las ciudades escondidas Una Sibila, interrogada sobre el destino de Marozia, dijo: -Veo dos ciudades: una de la rata, otra de la golondrina. El oráculo fue interpretado así: Marozia es una ciudad donde todos corren por galerías de plomo como bandas de ratas que se arrancan de entre los dientes los restos que caen de los dientes de las ratas más amenazadoras; pero está por empezar un nuevo siglo en el que todos en Marozia volarán como las golondrinas por el cielo de verano, llamándose como si jugaran, dando volteretas con las alas inmóviles, despejando el aire de moscas y mosquitos.

de Truman Capote, El arpa de hierba. Anagrama.

¿Cuándo oí hablar por primera vez del arpa de hierba? Bastante antes del otoño ya vivíamos en el cinamomo, así que debió de ser a principios del otoño. Y, naturalmente, fue Dolly quien me lo dijo. Nadie más pudo tener la ocurrencia de llamar a aquello el arpa de hierba. Si al salir del pueblo se toma el camino de la iglesia, pronto se deja atrás una deslumbrante colina de lápidas blancas como huesos y oscuras flores resecas: el cementerio baptista. Nuestros parientes, los Talbo y los Fenwick, están enterrados allí; mi madre al lado de mi padre, y las tumbas de nuestros familiares, veinte o más, los rodean como las raíces de un árbol pétreo. Vale la pena verla en otoño, a finales de septiembre, cuando se torna roja a la puesta de sol y las sombras de color escarlata, semejantes al resplandor de una hoguera, pasan sobre la hierba, arrastrada por las ráfagas de los vientos otoñales que, al agitar suavemente sus hojas, emiten un leve suspiro que parece música humana: un arpa de voces.