Copenhague, su silencio

El agua en los lagos congelados de Copenhague es tiempo que se condensa. Se queda inmóvil durante todo el invierno, como si la tierra hubiera dejado de respirar por un momento. Qué extraño es mirar un lago de agua congelada, estática, detenidísima. Y saber que, con toda seguridad, debajo de esa capa de hielo y silencio y enorme quietud, hay peces vivos, nadando como todos los días, como si nada ocurriera por encima de sus cabezas.

Copenhague, sus pasos

Copenhague está hecha de niños. De niños que visten trajes coloridos de esquiar y sombreros puntiagudos de lana. Niños que tiran de trineos vacíos por la nieve. Niños que abren tanto la boca al escuchar los coros de Navidad que no les entra en el cuerpo ni un poco del frío que hace. Niños que viajan con sus padres en unas bicicletas tan equipadas para ellos que tienen capota, y asientos, y timbres propios. Niños que, cuando crecen se hacen altísimos, muy rubios, y hablan entre ellos sin conocerse de antes y sonríen —o casi— a los que pasan por allí, esos forasteros enfundados en varias capas de ropa de abrigo que se fotografían junto a la sirenita o junto a la estatua de Andesen. Niños grandes que van en bicicleta a trabajar, se cubren con gorros de Papá Noel para cantar en los coros a pie de calle y preguntan con delicadeza a los turistas —los pocos que se aventuran por allí en invierno—, si necesitan ayuda para elegir un búho de felpa o unos calcetines abrigados de colores.

Helsinki en tres

La nevada nos construye Helsinki la primera noche. El viento se ha marchado y la nieve cae encima de todas las cosas para distraerlas del sentido. Las calles y las aceras y los coches no se distinguen del resto del mundo, toda la ciudad se convierte callada en un mimbre blando. El mundo es nuevo y libre, caminamos a la deriva, pateando la nieve que se amontona en las esquinas. Entre risas y entre silencio, rodeados de estalactitas de hielo que nos atrevemos a arrancar de las paredes para comprobar cómo se nos derriten en las manos. Los pájaros de invierno permanecen en el puerto, pacientes, vuelan en bandadas antes de que el viento cambie otra vez de dirección, los pille distraídos, y tengan que posarse sin remedio en la tierra.

Tampere en dos

Tampere es una ciudad esdrújula, su nombre hay que susurrarlo un poco, apoyando todo el peso en la primera sílaba y en la segunda pisada en la nieve. En Tampere las cosas no parecen lo que son, el exterior siempre es más frío, y tiene más árboles, y más nieve, y más hielo, y las islas que se perfilan entre neblina del lago son tan inventadas como un producto de nuestro sueño recobrado. Porque no puede existir una ciudad tan callada, con chimeneas altas que escupen un humo que no sube, con niños jugando en la nieve como si fuera arena, plantas de bayas rojas escarchadas, buzones para cartas que son gusanos de acero, iglesias de piedra con serpientes sin cabeza guardando la cúpula, retratos de una muerte sonriente regando pequeñas plantas de flores cuadradas, un pez globo disecado, un mummy metálico a escala real y un duende de cabeza rosada que baila en las escaleras.

Orivesi en uno

En Orivesi hay un apeadero de trenes donde llegar a medianoche en invierno. Un bosque de pinos callados a los dos lados de la vía. Aire frío y nuevo, en la parte más al norte del mundo. Silencio, ganas de romperlo, y un taxi con calefacción que aparece de la nada. En Orivesi las casas son calientes por dentro. Orivesi significa agua y también caballo, o caballo de agua, o agua para que beban los caballos. Hay una estatua de metal en el centro del pueblo, y varios lagos helados. Uno al que nunca llegamos. En Orivesi hay un pub escondido al que solo podrás entrar si estás en el momento adecuado en el sitio justo, preguntas a unos chicos parados en medio de la calle y te fijas en el cartel manuscrito de la puerta que no parece una puerta. En Orivesi hay una chimenea encendida en una vieja granja casa en medio de la tundra, hay un colegio mayor donde los estudiantes son tan libres que cantan y recitan en la calle y los ascensores. Hay nieve en otoño, mucha nieve, y junto a cada puerta un cepillo para sacudir los zapatos, y las prisas, y todas las Seguir leyendo

Papiroflexia

Viajo en tren. A mi lado está sentado un hombre que sostiene, en el regazo, un sobre repleto de trozos de cartulina y láminas de cartón de color. Coge los papeles y los recorta con cuidado, los pliega varias veces, los despliegue. Saca los cuadrados blancos y los esparece sobre la cartulina, componiendo una suerte de rompecabezas en movimiento. Los dos viajamos de lado y deslumbrados por el sol que entra por las ventanas del tren, es temprano. Hay otras personas en el vagón que viajan de frente o de espaldas en la dirección del tren, pero nosotros vamos de lado porque no había otros asientos libres. El hombre viste zapatillas blancas, impolutas. Sus manos se mueven despacio, con precisión. Está montando, con cuadrados blancos y de color, una forma poliédrica, con bordes perfectos. Una forma que no se parece a nada, no es un animal de cartón, no es ni un cubo ni una pirámide. Tampoco es simétrica, ni tiene ningún sentido lógico. No se parece a nada. A nada.

El abismo recobrado

Estoy de pie delante del acantilado. A mis espaldas queda el bosque, un bosque de árboles frutales y margaritas salvajes que crecen en montones hasta la puerta de la cabaña donde la que he vivido estos años. Bonita cabaña, con sus maderas nobles y su olor a leña en invierno, el agua de la fuente del jardín. Giro la cabeza para mirar la cabaña por última vez, la chimenea debe estar encendida porque sale un humo gris a bocanadas. El acantilado siempre estuvo aquí, tentador. Ahora tengo que saltar. Sé que por mucho que crezcan los árboles el acantilado no desaparecerá. Me pongo de puntillas y me impulso. Cuando siento que se despegan mis pies del suelo no sé si saldré volando o me estrellaré en las rocas. Pero no tengo miedo.

Ritual

Con las dos manos cavo un hoyo en la tierra oscura. Huele a raíces. A humedad. En el hoyo acomodo la botella de arena, la tumbo con el tapón hacia un lado. La arena se inclina en su interior. Con las dos manos cubro la botella con tierra húmeda. La tapo bien para que no quede ningún hueco vacío, la tierra se amolda a su forma. Aplasto la tierra con las dos manos, apoyo todo mi peso. Me levanto. Doy un paso. Surgen baldosas debajo de mis pies, a cada paso surge una nueva. A cada nuevo paso las baldosas que dejo atrás desaparecen.

Mi yo plastilina

Nunca apoyo bien, porque no giro, por lo del cúbito. Desde que me alargaron no giro, me quedo ahí, y tengo que colocarme de una forma especial para sujetar las cosas. No puedo apoyarme en mis cinco dedos. Solo si me levanto. Si me levanto no hay problema. Pero en los exámenes de mí no me levanto, no valgo para los exámenes de mí. A veces también siento que me descoloco, mis músculos son flacos y débiles, y tienen una pequeña hendidura que me gustaría rellenar con plastilina.