El camino a Chicago

En algún punto del camino a Chicago detuvimos el camión. Debió pincharse una rueda. O nos lo inventamos. Qué más da. Cualquier razón es buena para detener un camión que empieza a pillar demasiada velocidad, que carga a toda una familia. Y a pesar de que las carreteras que llevan a Chicago son lisas y llanas, y sin curvas durante kilómetros, imaginar el camión saliendo por la tangente, volcado, con sus kilogramos de canicas esparcidas por la carretera, el hilo de gasolina a punto de arder, todo eso nos dio pavor. Supongo, un poco de miedo, razón de sobra para hincar los frenos hasta el fondo. Hacer derrapar, con algo de saña, las ruedas del camión en la carretera. Y detenerlo, al camión. Y salir corriendo, la familia entera, despavorida, en todas las direcciones posibles.

Una estrella suave y azul

La encontré en las calles de Viena el primer día que me perdí caminando sola desde la tienda turca al hotel. Era de felpa, celeste, y tenía un cordón rojo (casi un pendiente) atado un agujerito en una de las puntas; como si alguien la hubiera querido colgar de un árbol de Navidad. Pero se ve que no quería ser adorno, que gritó y se revolvió hasta escaparse. Acabó en mi bolsillo izquierdo, paseó conmigo todos los días por Viena, andando y andando otra vez. A veces la cogía, la sacaba fuera, la miraba un rato. La aplastaba un poco. La estrella azul giraba sobre sí misma. Hasta que tiré demasiado, se le cayó el cordón rojo, y ay, no pude volver a ponerlo. Se quedó entonces como una estrella suave y azul, con las puntas algo deshilachadas. El domingo, ese casi perfecto cuando dejé Viena, se revolvió desde temprano en mi bolsillo. Inquieta estaba. Al subir las escaleras que me alejaban del río verde salió de su cueva, atraída sin remedio por toda esa luz que podía sentir incluso desde su escondite. Entonces casi voló por si misma. Como una estrella fugaz. Parecía una de esas estrellas fugaces de Seguir leyendo

Eso que nos invade

Soy un árbol de tronco fino. Tengo un tronco fino pero mis raíces largas están bien metidas en la tierra. Mis raíces, incluso, salen hacia fuera de la tierra, se corvan un poco, y aunque nadie llega a tropezar con ellas porque no tienen esa longevidad callosa propia de las raíces, asoman oscuras a los pies de mi tronco. Algunos las ven. Yo las veo. Miro mis raíces desde arriba como si no fueran mías. Si aprieto los poros y las esporas y crujo por dentro del tronco noto mis raíces. Las que están bajo tierra. Las que me sostienen. Las que me conectan con todo eso que me sostiene. Tengo muchas ramas, muchísimas, con miles de hojas de distintos tamaños. Las hojas se mueven con el viento y me distraen, me mantienen entretenido.

Un poco de mundo

El mundo es redondo y gira fuerte. Redondo como un ojal. Y tiene frío, y música en las ventanas, y asperezas. Asperezas que se encogen de puro gris. En la calle hay pájaros que me miran y me siguen, vuelan bajo, pegados a mi cabeza. A veces los pájaros que me siguen casi se chocan con las baldosas.

Y el puente del abismo

Sigo de pie delante del acantilado. El bosque, ese de árboles frutales, sigue estando a mis espaldas. Y también la cabaña, con sus mismas maderas nobles y su olor a leña. Tal vez, eso sí, un poco más húmeda, con incluso alguno que otra teja nueva e inesperada —pero cabaña al fin y al cabo—. Sólida, enteramente sólida. Y me distrae del acantilado, las cabañas siempre distraen de los acantilados —protegen de los acantantilados—. El mismo acantilado de siempre, que sigue donde estaba, solo a un paso. Y resulta que —quién lo diría—, al final es solo tragar un poco de saliva para que el puente se haga visible donde siempre ha estado, entre la maleza. Ese puente que lleva al otro lado del abismo y que, aunque lo tenías delante, no veías hasta dar ese paso un poco a ciegas, como a lo tonto. Como quién no quiere la cosa.

El barco gigante (3)

La tenían delante. La ballena gris. Sacó del mar medio cuerpo y expulsó agua en ráfagas. Me rodeaban cientos de personas en cubierta y ninguna fue capaz de ver la ballena. “Miren, miren la ballena gris. Está tirando chorros de agua”. Ni siquiera pudo verla la niña de cinco años que estaba colgada del pantalón de su papá. “Ahí, justo en el medio, ¿cómo no puedes verla ni siquiera tú?” La niña me miró curiosa. Enseguida se distrajo por la música de la piscina de cubierta, se fue corriendo hacia allí porque alguien estaba tirando caramelos al aire.

El barco gigante (2)

Son cuatro. Pasan los cincuenta. Hablan del negro, que es brasileño y toca la guitarra en el piso cinco y canta con voz de farofa, de manteca. Le piden una canción de Roberto Carlos. “Cualquiera”, le dicen, “la que sea”. No recuerdan ningún título. El barco gigante zarpó a las seis de la tarde y navega a todo motor rumbo a Río. Nos quedan kilómetros por delante, el mar es inmeso. Yo he salido a cubierta y lo he visto, es inmenso. Las cuatro señoras hablan con el camarero, que se llama Kadik y es de Filipinas. Y no entiende una palabra de español. Las señoras le dicen algo, yo también lo escucho. El negro canta una de Roberto Carlos, una canción cualquiera, una que parece que le aburre. “¿Parados?” Kadik repite las palabras que le dicen sin entenderlas, me mira en busca de ayuda.

El barco gigante (1)

Salimos del puerto a las seis de la tarde. Todos los pasajeros suben a cubierta para ver cómo el barco gigante se aleja de la costa de Buenos Aires. Al cabo de una hora poca gente sigue mirando el mar, ya no hay nada que mirar. Cuando pasan tres horas anochece, y algunos vuelven a salir para ver los colores. La luna sube gigante y roja desde el mar, trae viento. Cuando pasan dos horas más no queda nadie en cubierta. Solamente el chico que barre y ordena las toallas. Ahora no recuerdo su nombre, me lo dijo después de cinco días de verme por allí a esas horas. La primera noche me costó dormir, no quería meterme dentro del barco. Fuera estaba el mar, enorme. Tranquilo y negro, nada más que un barco dormido y el mar. Había pájaros, pequeños, que pasaban junta a la luna y se les iluminaban las alas. Y mucho viento. Muchísimo viento con sal.

Vecinos de arriba

El niño visita a sus tíos cada domingo. Este domingo es carnaval y va disfrazado de hombre araña. No ha querido quitarse el disfraz en toda la noche, incluso ha dormido con el disfraz puesto, con la careta y todo. En casa de su tíos lo único que le gustaría hacer ese domingo es trepar por las paredes; pero como eso es imposible se conforma con subirse a la mesa y al sofá con sus zapatos de hombre araña. Su tía le grita en cuanto apoya medio pie en la mesa. Así que el niño, vestido de hombre araña, se sienta en silencio en una esquina de la mesa y abre su caja secreta. Es de metal. En la caja secreta guarda todo lo que nadie puede saber que existe. Tiene pequeños huesos de aves, canicas quebradas, algunos dados, y un montón de dientes de leche que no son suyos.

Manifiesto de invierno

Vamos a tirar todas las cosas por la ventana. A sacarlas por la puerta y rayar el suelo de madera. Cuánto más pesen, mejor. Vamos a empujarlas con fuerza hasta que pasen a través del marco, se atasquen en el ascensor y se queden tan quietas junto al contenedor de residuos. Vamos a inundar la ciudad de lavadoras viejas, de cacerolas oxidadas y de pilas de cartas sin abrir. Vamos a cubrir el suelo de papeles, que no se vea ni un solo resquicio de nuestro suelo de madera. Venga, vamos a tirar el jarrón de porcelana china y el retrato de mamá. Hace tiempo que está ahí, está cogiendo polvo, a nadie le gusta, ayudadme a descolgarlo. Vamos a bajar por las escaleras el piano desconchado, vamos a meter en bolsas de basura todos y cada uno de los adornos que cubren la mesita de la entrada. Tiremos los gatos de madera, los bustos de ninfas, las medias lunas cubiertas de hojas secas. Y sobre todo esa pequeña reproducción de la Torre Eiffel.