Tarta de cumpleaños

Pasando por delante de la pastelería me llamó la atención el escaparate, el cristal brillaba de tan limpio, y una huella de mano justo a la altura de mis rodillas destacaba entre tanto brillo, parecía reciente. Estaba delante de una tarta de chocolate con frambuesa, con unos ratoncitos de azúcar, con gafas negras, justo en el centro, persiguiéndose unos a otros. Era una tarta de cumpleaños, la más grande del escaparate, y me quedé mirando la huella de la mano, que se iba borrando despacio. Era pequeña, como de un niño de cinco años. Al preguntar al pastelero por la tarta -estaba buscando algo perfecto para el cumpleaños de mi sobrino- , me dijo que no podía vendérmela, que estaba encargada desde hacía horas, para un funeral a primera hora de la tarde.

Caramelos de gasolina

Conducíamos muy lento por el camino de cabras, lleno de piedras; Emilio me había dejado conducir a mí, con la única condición de que fuéramos lentos, como si estuvieras pisando huevos, me dijo. Los caramelos de la guantera estaban sosos, no sabían a nada. Emilio decía que sí, que me tranquilizara, que los caramelos sabían un poco a gasolina, no nos ponemos de acuerdo ni en el sabor de los caramelos. Caramelos de gasolina, era totalmente ridículo. Creo que para entonces, Emilio ya había perdido el sentido del gusto, y se inventaba las cosas. Y el coche, con el depósito a punto de acabarse, y Emilio diciendo que me tranquilizase, que el aire olía a lavanda, y que abriera las ventanas, que el médico había dicho que nada como la naturaleza para que me fuera recuperando. El médico tampoco sabía nada de sabores, y esos caramelos estaban sosos, sosos muy sosos.

Manos

Sus manos olían como mi fortuna, a aceite de coco y a tabaco. En verano a aceite de coco, en invierno a tabaco. En verano se untaba de aceite de coco todo el cuerpo después de tomar el sol, su cuerpo brillaba y olía a coco, sobre todo olían sus manos mientras barajaba las cartas. En invierno sus manos olían a tabaco. Trabajaba con las manos y su baraja de tarot. Distribuía las doce cartas de forma ritual sobre la alfombra, dejando un rastro perfumado de coco en verano y de tabaco en invierno, al mover sus manos rápido, como cortando el aire, cortando el futuro.

Lluvia

Llovía. No me dejaban nadar en piscina cuando llovía. Tampoco cuando era de noche, o cuando había acabado de comer, aún menos sin darme una ducha antes de entrar al agua. Me escapé por la tarde apenas empezó a llover, mientras mi madre recogía las sábanas blancas del tendedero del jardín. Llegué corriendo hasta el borde de la piscina. Las gotas caían suaves sobre el agua, a un ritmo perfecto, rítmico, desigual. Como sin querer. Me recordaban al pestañeo de la abuela. Desde el agua, asomada al borde de la piscina, veía a mamá recogiendo las sábanas blancas a toda prisa, atropellándose un poco, para no tardar más que dos pestañeos de la abuela.

Sin gusto

No tengo gusto, lo perdí. Comer, como con los ojos, con las manos. No me queda otra. Sobre todo me gustan los helados. Sentarme delante de un sorbete de limón, observar con firmeza las tres bolas redondas de color pajarito hasta que empiezan a derretirse de forma tímida, callada, a cámara lenta. Acercarme al sorbete, sin llegar todavía a tocar las bolas de limón, sintiendo el frío del helado susurrándome en la mejilla. Acercarme un poco más y rozarlo con la punta de la nariz, pintarme la punta de la nariz como un payaso de sorbete de limón. Separarme un poco, hacer crujir los nudillos y hundir los diez dedos, lentamente, notando que el helado de acomoda entre ellos, con todo su frío. Destrozar las bolas con las dos manos hasta que terminan de derretirse, remover, separar los cachitos de limón. Y cuando ya es líquido, bebérmelo.

Ciudad mojada

Camino descalzo por las calles a primera hora, antes de amanecer. La acera está húmeda, resbala, acaba de pasar el carrito de la limpieza regando todo con mangueras. Casi no queda calor en el asfalto. Mis pies están húmedos y fríos. Me siento en el suelo al lado de un charco y trato de recoger un poco de agua con el cuenco de mis manos. Se escurre siempre. Una de las veces consigo mantener un sorbo de agua y me pongo de pie, con cuidado. No hay remedio, el agua empieza a escurrirse, cae en goterones hasta mis pies descalzos. Empieza a llover, empiezo a correr de charco en charco hasta llegar a un sitio cubierto. Me escondo en la parada de autobús. Me siento en el banco metálico. La lluvia sigue, cada vez más fuerte, noto rebotar en mis pies las gotas al caer. Los charcos de la acera aumentan, recojo mis pies en el banco. Me pongo de pie en el banco. Me sacudo entero, como los perros.

Nubes

La nube mutó hasta parecerse a un gato, dio media vuelta para que le acariciaran la barriguita y se echó la siesta ronroneando. Al rato se desperezó estirando todos los huesos, y al abrir los ojos comenzó a llover.

Gaviotas

Vivo a ciento cincuenta kilómetros de la costa, pero a media tarde salí al jardín y sentí el mar. El aire olía a sal y a algas. Volaban dos gaviotas perdidas cruzando las nubes. Este fin de semana tengo que acercarme al mar.