Sábado de agua

La sidra, cuando se agita, escupe con fuerza y empapa cabezas locas. Cae agua desde los balcones y la gente corre de un lado a otro para mojarse. Se suben a vallas, a coches, a cubos de basura. Se suben unos encima de otros para mojarse mejor. Los besos saben dulces y los sueños pierden sentido. Lo único que importa es el agua que cae, a cubos. Los riegan con alcohol para que crezcan fuertes y mareados. Ritos tribales para cerrar el verano.

Perder la magia

¿Dónde va la magia cuando se pierde? Se la come un dragón tímido que duerme en una cueva escondida. El mismo que se come las ilusiones de los niños y los cuentos de los abuelos. No hay una princesa prometida. También se la ha comido el dragón. O se la ha inventado, para divertirse un rato. Cuando se pierde la magia no se puede volver a creer en ella. Descubres el truco, te destapan los ojos a algo que nunca antes habías visto pero que siempre había estado ahí. Es imposible dejar de verlo, la varita se te cae al suelo y pierde todo su poder. El dragón tímido está empachado de tanta verdad.

Verano

El agua rebosa la piscina por los bordes. Está fría, acaba de empezar a darle un poco el sol. Estamos sentados en la ladera. Las nubes se mueven rápidas, deshaciendo formas. No hay nadie más en todo el parque. Ensayo de verrano. Nos rodean saltamontes enanos y trigo falso. Han pasado diez años como un suspiro. Recordamos otros veranos ólas anécdotas de siempreó y llamamos a un amigo perdido. Ellos han crecido. Ahora fuman, sueñan, tienen un montón de tiempo por delante. Casi acaban de empezar. Yo les escucho, en silencio, recuerdo cuando eran niños. Comemos sushi para celebrar cumpleaños.

El abismo

Sentada, en el borde del abismo, con las piernas colgando, siento vértigo. Puedo oler los jazmines que se han abierto esta noche en las paredes del abismo. Está tan oscuro que no soy capaz de verlos, a veces creo que me los invento. Hoy me han recordado que sé volar. Mañana, intentaré pasar al otro lado.

Lluvia de higos

Los mejores higos están en las ramas más altas del árbol. Los higos maduros son casi de color amarillo, están casi blanditos, y casi a punto de caer. Hay que trepar para llegar hasta ellos, y desde ahí arriba tirárselos con cuidado, de dos en dos, a los amigos que se han quedado abajo y los están recogiendo, en una cesta de mimbre. La vuelta a casa con la cesta de mimbre, cargada entre dos manos -porque pesa, una cesta cargada de higos pesa- se hace despacio, y con un tono de brillo dentro, como si recolectar higos fuera algo que pudieras hacer el resto de tu vida.

Ciruelas en septiembre

Las ciruelas, cuando están muy maduras, se caen del árbol por su propio peso. A mediados de septiembre hay tantas que los pájaros ya se han cansado de picotearlas, así que llenan el suelo y las ramas. Son dulces y están calientes por el sol. Si meneas con fuerza el árbol, las ciruelas te caen en la cabeza, llueven con ritmo y en pequeños grupos. Algunas están tan a punto que les salen gotas de néctar y azúcar que atraen a las moscas. Otras -las del suelo- llevan ahí el tiempo justo llenándose del sol y tranquilidad que necesitan para convertirse en ciruelas pasas. También están dulces las ciruelas pasas. Hay tantas ciruelas en el suelo que muchas permanecen intactas, sin hormigas, sin pájaros. Son dulces, como septiembre.

Con un puñado de arroz

Un cuenco de agua para beber, otro para lavarse. Flores pequeñas, como de azúcar, amarillas y rosas, plantadas en arroz. Palitos de incienso, cinco, sujetos también en granos de arroz. Una vela, encendida. Un cuenco con agua perfumada. Una pera, amarilla, en otro cuenco. Un último cuenco con la música de una caracola. Las bendiciones de todos los maestros.

Sueños de mar

Cuando decidió hacerse pescador, se mudó desde las montañas al pueblo de su abuelo, un pueblo con costa, con puerto y tradición de pesca. Su abuelo había sido marinero, y su padre -para alejar a sus nietos del mar y sus tentaciones- se había marchado a las montañas. Su hijo, el pequeño, decidió hacerse pescador cuando vio el mar por primera vez. Lo vio aparecer, azul en el horizonte, después de un viaje largo en coche. Apareció justo delante, de la nada, primero una rayita y luego toda una extensión azul, y desde ese día guardó el mar en sus pupilas -tendría unos nueves años- y no quiso otra cosa que crecer y vivir en la costa. Hoy, todas las noches, acostumbra soñar con su casa de niño en las montañas, para no perder la sorpresa de ver el mar todos los días por primera vez.