La habitación imaginaria

En Barcelona, hasta el 15 de enero, puede pasearse uno por la habitación imaginaria de Juan Eduardo Cirlot, una intromisión expuesta a todos sus mundos visuales, de alguna manera. Imagino. Imagino porque no creo que pueda pasarme por Barcelona para visitarla. Lo que sí puedo es anunciarla, y en su honor, recuperar el sueño 27 de su libro 88 sueños. Hay un estanque grande, de agua verdosa y sucia. El cielo está gris y el campo, a lo lejos, como hundido en tristeza. Yo estoy a un extremo de esa balsa, que es de forma oval y, al lado opuesto, hay una niña.

La impermanencia, la escritura

A veces escribo en las paredes de mi casa. Bueno, no es exactamente en las paredes. En las paredes escribe mi amigo Manel —lo que tampoco es ninguna mala idea—, ha cubierto las paredes del pasillo que lleva al salón con planchas de pizarra blanca y se da el gustazo de escribir al pasar. Lo mío son los espejos. En casa tengo varios, alargados y altos, y escribo en todos. Escribo con rotuladores para niños, de colores. Se borran con poco. Cuando se me ocurrió solamente escribía en los espejos de la habitación. Tienen escritura automática torcida que luego no entiendo bien, esquemas desordenados o listas de palabras, o también dibujos con círculos y flechas. A veces copio párrafos largos. Me pongo decálogos, aforismos. Lo que venga. A los pocos días lo borro, pero otras veces pasan meses ahí las ideas y hay que echarles limpiacristales hasta que desaparecen.

Rimpo, Momo, la gatera y el hueso de aguacate

Hay días que me levanto con ganas de enviar a mi gato a Siberia. En una cajita de madera, con un lazo rojo, y sin remite. Se llama Rimpo, y es un gato cuidador. Cuida. Tiene que cuidar. Cuando no cuida a alguien se pone de los nervios. Tengo visita en casa, una visita que trabaja por la noche. Eso significa que si Rimpo está obligado a dormir a puerta cerrada (gran error) y sin poder vigilar a mi visita, no descansa. Toda la noche dando vueltas de un lado a otro de la cama. La otra parte de la ecuación se llama Momo, y es una gata que no sabe maullar. Cruje un poco, nunca maúlla. O más bien lo hace tan bajo que nadie la escucha. Abre la boca pero no emite sonido. Eso sí, rasca las paredes, las puertas. Ahora le ha dado por el espejo del armario, está empeñada en que, dentro del armario, a medianoche, ocurre algo. Si le cambio la gatera de sitio (porque tengo una gatera móvil que se puede cambiar de habitación, claro que sí) no sabe entrar en casa. La mira, la toca, pero no entiende hasta que pasa un rato Seguir leyendo

Hacerse el muerto en Madrid

El viernes 14 se presentó en Madrid Hacerse el muerto, el nuevo libro de cuentos de Andrés Neuman publicado por Páginas de Espuma, y en la primera copa se me ocurrió decir que escribiría una crónica. Tengo tres razones para ir a presentaciones de libros: que el autor sea amigo mío, que alguien me haya hablado muy bien del libro, o que esté apadrinado por escritores a los que me gusta escuchar. En este caso fue la última razón, no creo que haya mejores padrinos para un libro de cuentos que Ángel Zapata y Eloy Tizón. Como dijo Andrés, además, recalcar esto es una obviedad, pero cómo vamos a no decirlo.

Buscar el caballo de metal

Escribir es como pescar. A veces tengo la sensación de tirar hilos al mar. Sé que en el mar hay peces. Sé que soy buena pescando, que tengo suerte. Pero escribir es mucho mejor, es menos frustrante. Porque si espero con paciencia, algo acaba picando. Siempre. Si dejo de pensar que tengo que pescar un pez, que me estoy muriendo de hambre y que si no pesco, no como; si dejo de pensar eso es cuando los peces pican. A veces lo finjo un poco, me hago la distraída, pero también funciona. Incluso a veces cuando me salto todas las normas y le grito al pez de las profundidades que pique de una vez, el pez de las profundidades pica. Escribir es mucho mejor que pescar. Otras veces es como caminar un poco a la deriva. Sabes dónde vas, tienes una idea más o menos clara del aspecto que tiene el lugar al que te diriges. No has estado nunca, pero sabes, por ejemplo, que es un pueblo marítimo pequeño y bonito de la costa donde la gente habla francés, y sabes que hay una plaza de piedra que tiene una escultura de un caballo.

Los rituales de escritura

Creo que he leído sobre los rituales de escritura en bastantes libros, se mencionan, a veces como de pasada, en varios libros de cretividad, de técnica narrativa, en los materiales didácticos que nosotros mismos escribimos para la Escuela; los mencionan a veces en entrevistas a escritores, y también a otro tipo de artistas como pintores. O deportistas. Al parecer tener un ritual concreto antes de comenzar a realizar una tarea que realizamos muchas veces, ayuda. Yo tengo muchísimas manías, me temo. He llegado a convertir mis manías en rituales de escritura, cuanto más escribo más manías salen, más rituales. Este verano me propuse escribir sin parar hasta acabar una novela corta que tenía empezada hace seis meses. Y el tema de los rituales en este proceso adquirió una importancia tan grande que casi me da verg¸enza reconocer. Las primeras ochenta páginas del borrador —el núcleo duro, ese momento que sabes que ya no puedes dejarlo porque tienes un buena parte del trabajo hecho—, lo escribí en un camping. Un camping de Portugal, lo bastante grande y aislado como para no tener que salir de ahí en los quince días salvo para bajar a la playa. Una playa lo bastante vacía Seguir leyendo

Disfrutar de la ficción

Anoche soné con un gato gris. Estaba infectado de una enfermedad extraña, era contagioso y había que matarlo. Matarlo para no morir con él. Toda la gente a la que quiero estaba encerrada en un edificio sin salida con el gato infectado. El ascensor estaba bloqueado y no podíamos salir. Teníamos pocas armas. Y no queríamos matar al gato, yo no quería matar al gato. Me desperté a las siete tan tranquila, otro sueño relacionado con la película que había visto por la noche, o el libro que había leído, o lo que fuera que había escrito. Si no sabes que es un sueño no lo disfrutas. No es como una película de terror, que la disfrutas porque sabes que es una película. Ese gato gris va a contagiar a toda las personas a las que quieres, y eso no hace ninguna gracia. Hasta que te despiertas y todo explota como una burbuja. No hay gato. No hay infección. Nada, ni edificio. Vale, sería mucho mejor saber que es un sueño. Igual que sabes que la ficción es ficción, y entonces te dejas llevar. No hay gato. No hay infección. Nada, ni edificio. Es todo un juego. Nos entretenemos mucho Seguir leyendo

Los chinos no toman café

Conversación mantenida una de estas mañanas laborables a pie de barrio. Son las 9.45 de la mañana. El todo a cien de mi calle está cerrado, cosa rara, porque abren siempre a las 9.30 y cierran, como pronto, a las 22.00. Un señor está junto a la puerta, con la nariz bien pegada en el cristal. Dentro hay luz. Me acerco, se aparta un poco mientras intento abrir la puerta. Está cerrada. —Qué raro. Habrán salido un momento —digo, en un intento de comunicarme con los vecinos. —Los chinos no toman café. ¿No? —me dice—. No toman café. ¿Qué se responde a una pregunta así? —Bueno, ya volverán. Yo vengo en un rato. —Es indignante —dice—, no avisan, ni nada. ¿Quién se han creído? Si no toman café. Le miro. —Habrán salido un momento —digo. Nunca he visto este todo a cien cerrado, ni a la hora de comer, ni los sábados, ni los domingos. Ni los festivos. —¿Sabes dónde hay otros chinos? —me pregunta. Le digo que no, que no hay ninguno así de grande. Bueno, tres manzanas más arriba hay otro, pero no se lo digo. Hago ademán de irme, pero me sigue hablando. —Es que claro, estos Seguir leyendo