Una sensación de incredulidad

Horas atrás, en alguno de los días eternos, subimos a un autobús hacia un norte llamado Jyväskylä. Atravesamos los bosques y lagos como cortándolos. La carretera por la que nos arrastra el autobús, antes de nosotros, no existía. Se va pintando a medida que nos acercamos a Jyväskylä. Este verano no puede ser real, no puede ser que no se haga de noche, respirar esa sensación permanente de que el tiempo se ha detenido. Que siempre es día, que lo seguirá siendo. Y los mosquitos. Los mosquitos nos pican y nos sacan del sueño. Porque no puede existir un lugar así, donde el suelo sea de un césped tan blando que se hunde. Donde todo esto permanezca, durante meses, cubierto por capas de nieve, y hielo, y oscuridad.