Una estrella suave y azul

La encontré en las calles de Viena el primer día que me perdí caminando sola desde la tienda turca al hotel. Era de felpa, celeste, y tenía un cordón rojo (casi un pendiente) atado un agujerito en una de las puntas; como si alguien la hubiera querido colgar de un árbol de Navidad. Pero se ve que no quería ser adorno, que gritó y se revolvió hasta escaparse.
Acabó en mi bolsillo izquierdo, paseó conmigo todos los días por Viena, andando y andando otra vez. A veces la cogía, la sacaba fuera, la miraba un rato. La aplastaba un poco. La estrella azul giraba sobre sí misma. Hasta que tiré demasiado, se le cayó el cordón rojo, y ay, no pude volver a ponerlo. Se quedó entonces como una estrella suave y azul, con las puntas algo deshilachadas.
El domingo, ese casi perfecto cuando dejé Viena, se revolvió desde temprano en mi bolsillo. Inquieta estaba. Al subir las escaleras que me alejaban del río verde salió de su cueva, atraída sin remedio por toda esa luz que podía sentir incluso desde su escondite. Entonces casi voló por si misma. Como una estrella fugaz.
Parecía una de esas estrellas fugaces de verdad, de esas que orientan en encrucijadas y muestran uno de los caminos aventurados, que son los buenos, esos donde no es tan fácil decidirse a entrar.


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3 pensamientos sobre “Una estrella suave y azul

  1. Hola, Mariana,
    Dicen que las mejores cosas no se buscan, vienen solas. A ver que te trae tu estrella azul.
    Besitos,
    Denise

  2. Es como aquel trébol de cuatro hojas que te encontró cuando fuiste a mirar el cantero en Dulcinea. Son estrellas o son tréboles que buscan un refugio cálido y acogedor. Eres afortunada.

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