El camino a Chicago

En algún punto del camino a Chicago detuvimos el camión. Debió pincharse una rueda. O nos lo inventamos. Qué más da. Cualquier razón es buena para detener un camión que empieza a pillar demasiada velocidad, que carga a toda una familia. Y a pesar de que las carreteras que llevan a Chicago son lisas y llanas, y sin curvas durante kilómetros, imaginar el camión saliendo por la tangente, volcado, con sus kilogramos de canicas esparcidas por la carretera, el hilo de gasolina a punto de arder, todo eso nos dio pavor. Supongo, un poco de miedo, razón de sobra para hincar los frenos hasta el fondo. Hacer derrapar, con algo de saña, las ruedas del camión en la carretera. Y detenerlo, al camión. Y salir corriendo, la familia entera, despavorida, en todas las direcciones posibles.

Subir al punto más alto de la colina

Hoy es 6 de junio. Una luna llena gigantesca se podía ver anoche desde cualquier ventana al aire de Madrid. Venus se ha deslizado por delante del sol durante unas pocas horas, podía observarse como un puntito negro, al parecer, desde diferentes ciudades de la Tierra (acontecimiento astrológico que no volverá a darse de nuevo hasta 2117). Y ha muerto Ray Bradbury. Me he despertado a las seis de la mañana, totalmente despejada. Sin despertador, ni luna, ni ruidos, ni gatos. Me he levantado a escribir, que es lo único que se puede hacer a esas horas sin molestar a nadie. El aire ha estado denso toda la mañana, olía como a fosfato, a trinita, a locomotora. He tenido que dormir durante cuatro horas para curarme de todo eso que me cargaba los hombros. Y me he enterado de la noticia poco después. Hace un rato corto. He tenido el gustazo de encontrarme con este video.

Una estrella suave y azul

La encontré en las calles de Viena el primer día que me perdí caminando sola desde la tienda turca al hotel. Era de felpa, celeste, y tenía un cordón rojo (casi un pendiente) atado un agujerito en una de las puntas; como si alguien la hubiera querido colgar de un árbol de Navidad. Pero se ve que no quería ser adorno, que gritó y se revolvió hasta escaparse. Acabó en mi bolsillo izquierdo, paseó conmigo todos los días por Viena, andando y andando otra vez. A veces la cogía, la sacaba fuera, la miraba un rato. La aplastaba un poco. La estrella azul giraba sobre sí misma. Hasta que tiré demasiado, se le cayó el cordón rojo, y ay, no pude volver a ponerlo. Se quedó entonces como una estrella suave y azul, con las puntas algo deshilachadas. El domingo, ese casi perfecto cuando dejé Viena, se revolvió desde temprano en mi bolsillo. Inquieta estaba. Al subir las escaleras que me alejaban del río verde salió de su cueva, atraída sin remedio por toda esa luz que podía sentir incluso desde su escondite. Entonces casi voló por si misma. Como una estrella fugaz. Parecía una de esas estrellas fugaces de Seguir leyendo