Vivir casi tan salvajes

El viernes pasado empezamos febrero muy bien con el bautizo de Casi tan salvajes, el primer libro de relatos de Isabel González. Tuve la suerte de llegar a tiempo a la presentación, a pesar de ser viernes y de mis despistes con la hora. Pisé La Buena Vida justo cuando estaban diciendo las primeras palabras los padrinos, me colé entre la gente que había de puntillas intentando ver algo y me senté en primera fila.
Como dije en otra pseudo crónica de hace unos meses tengo tres razones para ir a presentaciones de libros: que el autor sea amigo, que alguien me haya hablado bien del libro, o que esté apadrinado por escritores a los que me gusta escuchar. En este caso las tres razones se juntaron un poco, pero lo cierto es que sí conocía a la autora, Isabel se había ido colando en mi vida los últimos meses, como quién no quiere la cosa, pero al mismo tiempo con toda su fuerza natural: un curso de microrrelatos en la Escuela, un encuentro con amigos comunes, algunos gin tonics últimos en noches rescatadas, correos de madrugada intercambiados donde se mezclaban preguntas técnicas, dudas existenciales y líneas sobre escritura. De estas que se dicen sin querer. De estas que son casi mejores que las otras.
Así es Isabel, como un remolino de cosas que te atraviesa. Y también es así el libro de relatos de Isabel. Yo no me lo esperaba, reconozco que no me lo esperaba. Conocía el primer relato, y también los tantos microrrelatos que se fueron colando durante años pasados en las finales de Relatos en cadena; así que tenía ya una especial predisposición. Pero las lecturas de Elvira Mínguez y los fragmentos de los cuentos que no pudo menos que entresacar Clara Obligado en su presentación, me atravesaron. Todos. Por ejemplo.

¿Sabes qué ha sucedido? Que no había queso rallado, que los niños dormían y que tú no estabas. Que quise ponerme el vestido de seda y que ya no había vestido; que al retirar la funda, encontré mil larvas adheridas a la percha; los botones por el suelo como ojos de plástico. Podría hervir los capullos e hilar de nuevo el tejido. Podría haberme preparado una infusión de pomelo y larvas. Pero me he asustado y he cerrado la puerta de golpe. Sigo aquí. Sentada. Quieta mientras las vainas crepitan.Del cuento “No es amor lo que se pide”


Así que me atrevo a recomendar muchísimo la lectura de Casi tan salvaje, sin haberlo, aún, leído del todo. Esto podría considerarse una osadía, pero estoy muy segura que los cuentos que aún no he leído (qué suerte tengo) son del nivel de vida de lo que escuché el viernes en distintas voces; porque sé cómo trabaja Isabel, porque sé cómo respira su escritura (me llegan los ecos), y porque sé que este libro es ella misma. En libro. Ella.
Después del remolino de Isabel, y de la buena, breve y poco despedida compañía de esa noche, mezclada con la música que salía por las paredes del lugar donde estuvimos hasta las tantas, tuve un sueño que relaciono con algo que dijo Isabel en la presentación. Sumado a algo que sembró después, como sin querer, que ella no sabe pero que me ha puesto en la recta final de mi novela escurridiza. Isabel citó a Herta M¸ller justo al empezar su presentación: “Visto desde fuera, escribir tal vez se parezca a hablar. Sin embargo, desde dentro, escribir está relacionado con estar solo”. Después dijo:

Y es verdad. Una escribe sola. Cuanto más sola mejor. A las seis de la mañana. Una escribe tratando de imitar el silencio. Pues en el silencio, todo lo vivido se coloca en la balanza a un tiempo y adquiere un peso descomunal. Pero esta labor imposible ya que escribir es diseccionar lo vivido e ir colocándolo en fila, letra a letra.

Soñé lo siguiente: una pista de patinaje sobre hielo, circular, en medio de la ciudad. En la pista patinaba una chica vestida de gasa y lentejuelas —una patinadora profesional, de las de campeonato— con un caballo marrón. De pelo corto. Hacían un dúo. El caballo tenía cuatro patines, y se movía con una destreza increíble por el hielo. Estaban sujetos por una cuerda y daban vueltas en círculos, el caballo hacia que la chica diera vueltas, la chica giraba alrededor del caballo. Se soltaban y desprendían la cuerda para dibujar círculos en el hielo. Se juntaban. Luego se desprendían. Y era un dibujo hermoso, se notaba en el hielo los rastros de las cuchillas. Luego el dibujo desaparecía del todo. Se convertía en otra cosa.

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