Samba, tierra, pagode y Grajaú

A principios de curso, allá por septiembre, decidí a buscar algún tipo de condimento extra para las tardes. Un condimento que no tuviera nada que ver con la escritura, con las clases de escritura, con la lectura, los talleres, las tertulias, los análisis de texto… todo eso que me rodea constantemente —de lo que vivo y respiro—, pero que llena todo de letras. Y me acordé que hacía años que había dejado la música por escribir. Después conté los años que han pasado desde que salí de Brasil. Conté los kilómetros. Y poco después recordé que ya dos personas me habían hablado de un tal Willy que tenía una escuela de samba en Madrid. Así que busqué en Internet y a poco de rastrear llegué a Bloco do Baliza. Me subí al tren, claro.
Están en Alcobendas, en una nave de la zona del polígono industrial, muy cerca de una de las estaciones del Metro Norte (La Granja). La primera vez que te acercas por allí no sabes muy bien dónde te estás metiendo, das un par de vueltas de manzana, te pierdes, subes media cuesta. Pero una vez que entras ya está hecho: estás como en casa. Desde fuera de la nave del Bloco no se escucha ni medio silbido; pero dentro, tanto en los talleres como en los ensayos, todo explota de lo vivo. Resulta que aparecen de la nada un montón de bloqueros que tocan la caja, o el surdo, o el tamborín, el repinique, o la cuica. Y no hay nada que recargue más las pilas que tocar con ellos. En grupo, un poco de samba de enredo. O más tranquilos, un poco de pagode, un cavaquinho que suena y que se afina, un tantam, y esas canciones tan conocidísimas de mi infancia que, además de tararear, ahora puedo poner letra y voz en grito.
Willy y sus chicos de Bloco do Baliza organizan de vez en cuando aulas abiertas para que los que tengan un poco de curiosidad se acerquen por allí, prueben los instrumentos, prueben un poco a ver cómo es eso de la percusión brasileira. A ver qué se siente. Yo lo recomiendo muchísimo. La siguiente se organiza para celebrar el carnaval, el domingo 19 de febrero, a las doce en punto. No es ninguna mala manera de celebrar el carnaval, ni tampoco de luchar contra el frío este tan polar que viene recorriendo Madrid estos días.
Un poco de aires de samba a estas hierbas, saravá. Salve o mestre do Salgueiro.

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