La impermanencia, la escritura

A veces escribo en las paredes de mi casa. Bueno, no es exactamente en las paredes. En las paredes escribe mi amigo Manel —lo que tampoco es ninguna mala idea—, ha cubierto las paredes del pasillo que lleva al salón con planchas de pizarra blanca y se da el gustazo de escribir al pasar. Lo mío son los espejos. En casa tengo varios, alargados y altos, y escribo en todos. Escribo con rotuladores para niños, de colores. Se borran con poco. Cuando se me ocurrió solamente escribía en los espejos de la habitación. Tienen escritura automática torcida que luego no entiendo bien, esquemas desordenados o listas de palabras, o también dibujos con círculos y flechas. A veces copio párrafos largos. Me pongo decálogos, aforismos. Lo que venga. A los pocos días lo borro, pero otras veces pasan meses ahí las ideas y hay que echarles limpiacristales hasta que desaparecen.


Hace poco descubrí que el mejor lugar es el espejo del baño. En lugar del cepillo de dientes ahora tengo un par de rotuladores. En el baño pasa todo de repente, se te ocurre algo y nada mejor que tener el espejo a mano para escribirlo. Es de lo más práctico, de verdad, secarse el pelo y lavarse bien los dientes son cosas que llevan su tiempo. Además es lo que le faltaba a mi baño: un espejo decorado. Ya tiene una cortina blanca con peces que nadan, canicas en lugar de jabón de manos y un móvil de círculos turquesa colgado en la barra de la ducha. Un espejo con fragmentos de novela o medio sueño rescatado es más interesante que un espejo sin nada escrito, un espejo limpio de errores, sin riego ninguno. A veces viene gente a casa y tienen que asumir que no, que no hay manera de mirarse en los espejos si no es entre las líneas, así como esquivando las curvas de las letras.
Ayer llegué a casa por la noche y escribí en el espejo del baño, algo buenísimo. De verdad era bueno. Me salió desde ese lugar donde salen las cosas que no se piensan mucho, que están vivas. Y esta mañana seguía escrito en el espejo, en una letra diminuta, morada, aún se entendía. Con las prisas no lo leí, me metí en la ducha. Mis duchas de domingo son largas, como deben serlo siempre las duchas de los domingos. Al salir de la ducha mi espejo del baño no tenía ni media letra, como es normal: solo ríos de tinta morada que caían a goterones desde arriba. El vapor había hecho todos los estragos que se esperaban de él. Traté de borrar los restos con las manos, pero solo conseguí mancharlas de morado y embadurnar aún más el espejo. Después cogí un buen trozo de papel higiénico, lo puse debajo del grifo y lo pasé por el espejo. Quedó brillantísimo, más limpio que nunca. La de dentro del espejo aún se está riendo.

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