La impermanencia, la escritura

A veces escribo en las paredes de mi casa. Bueno, no es exactamente en las paredes. En las paredes escribe mi amigo Manel —lo que tampoco es ninguna mala idea—, ha cubierto las paredes del pasillo que lleva al salón con planchas de pizarra blanca y se da el gustazo de escribir al pasar. Lo mío son los espejos. En casa tengo varios, alargados y altos, y escribo en todos. Escribo con rotuladores para niños, de colores. Se borran con poco. Cuando se me ocurrió solamente escribía en los espejos de la habitación. Tienen escritura automática torcida que luego no entiendo bien, esquemas desordenados o listas de palabras, o también dibujos con círculos y flechas. A veces copio párrafos largos. Me pongo decálogos, aforismos. Lo que venga. A los pocos días lo borro, pero otras veces pasan meses ahí las ideas y hay que echarles limpiacristales hasta que desaparecen.