Rimpo, Momo, la gatera y el hueso de aguacate

Hay días que me levanto con ganas de enviar a mi gato a Siberia. En una cajita de madera, con un lazo rojo, y sin remite. Se llama Rimpo, y es un gato cuidador. Cuida. Tiene que cuidar. Cuando no cuida a alguien se pone de los nervios. Tengo visita en casa, una visita que trabaja por la noche. Eso significa que si Rimpo está obligado a dormir a puerta cerrada (gran error) y sin poder vigilar a mi visita, no descansa. Toda la noche dando vueltas de un lado a otro de la cama.
La otra parte de la ecuación se llama Momo, y es una gata que no sabe maullar. Cruje un poco, nunca maúlla. O más bien lo hace tan bajo que nadie la escucha. Abre la boca pero no emite sonido. Eso sí, rasca las paredes, las puertas. Ahora le ha dado por el espejo del armario, está empeñada en que, dentro del armario, a medianoche, ocurre algo. Si le cambio la gatera de sitio (porque tengo una gatera móvil que se puede cambiar de habitación, claro que sí) no sabe entrar en casa. La mira, la toca, pero no entiende hasta que pasa un rato que es la misma gatera de siempre.
El hueso de aguacate anda perdido debajo de un sofá, estoy segura. Después de una semana de búsqueda encontré el frasco perfecto para que creciera, porque los huesos de aguacate dicen que es mejor que no toquen el agua. Es un frasco de cristal, barrigón. Pero ahora el hueso no está por ningún sitio. Yo no digo nada. Tal vez ande de camino a Siberia, en una caja de madera con un lazo rojo.

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