Los rituales de escritura

Creo que he leído sobre los rituales de escritura en bastantes libros, se mencionan, a veces como de pasada, en varios libros de cretividad, de técnica narrativa, en los materiales didácticos que nosotros mismos escribimos para la Escuela; los mencionan a veces en entrevistas a escritores, y también a otro tipo de artistas como pintores. O deportistas. Al parecer tener un ritual concreto antes de comenzar a realizar una tarea que realizamos muchas veces, ayuda. Yo tengo muchísimas manías, me temo. He llegado a convertir mis manías en rituales de escritura, cuanto más escribo más manías salen, más rituales. Este verano me propuse escribir sin parar hasta acabar una novela corta que tenía empezada hace seis meses. Y el tema de los rituales en este proceso adquirió una importancia tan grande que casi me da verg¸enza reconocer.
Las primeras ochenta páginas del borrador —el núcleo duro, ese momento que sabes que ya no puedes dejarlo porque tienes un buena parte del trabajo hecho—, lo escribí en un camping. Un camping de Portugal, lo bastante grande y aislado como para no tener que salir de ahí en los quince días salvo para bajar a la playa. Una playa lo bastante vacía y llena de olas como para olvidarte del resto del mundo por un rato. Y todas las pequeñas manías que acompañaron la escritura de esas ochenta páginas, me han acompañado a la vuelta a casa. Y he tenido que intentar reproducirlas para seguir adelante. Suena bastante maniático, sí, pero no hay ningún motivo para ponernos la escritura más difícil de lo que es. Si estas cosas ayudan, ¿por qué no usarlas?


Por ejemplo: me acostumbré a escribir al aire libre. O al menos a no escribir dentro de cuatro paredes. Llevo toda mi vida acampando en verano. Para mí, acampar, es salirse de las cuatro paredes. De alguna forma, si son de paredes de tela, no son paredes. Así que cuando llegué a mi casa descubrí que escribía mucho mejor en la terraza que dentro. Y como en Madrid hace un calor infernal y mi terraza tiene muchísimo sol a partir de las tres, solo puedo escribir por la mañana —más o menos hasta esta hora — y al atardecer. Lo cual me va a crear un problema en invierno, pero ya lo solucionará cuando llegue. Tengo que usar, por supuesto, el mismo ordenador que he utilizado siempre para escribir. Desde hace varios años trabajo con Mac, pero para escribir tengo un minúsculo Vaio de once pulgadas que tiene el teclado más suave del mundo. Y las teclas están separadas de una manera diferente que en mis otros ordenadores. Hay letras borradas, y suenan de una manera concreta. Y, sobre todo, los dedos se mueven de una forma diferente. No soy capaz de decir ahora mismo si es porque las teclas están más separadas o más juntas, pero escribir con este teclado se me hace más sencillo. Mi cerebro automático relacionado con la escritura está más familiarizado con este teclado. Así que, ¿para qué ponérselo difícil?
Otra manía: la silla. En casa tengo una silla maravillosa negra, con ruedas, con cuatro manivelas para regular la posición y acoplarla perfectamente a mi espalda. Pero como en el camping escribía en un pequeño taburete naranja de plástico, es donde tengo que seguir escribiendo. No retomé bien la voz de la novela hasta que me senté en el taburete naranja. Es un taburete que tengo en la terraza, que nunca uso, un día lo abrí para sentarme a esperar que se calentara el agua y me entraron ganas de escribir. No hay motivo para avergonzarse de ser un poco tonto y maniático, ¿no?
Así que son esas tres cosas: el taburete naranja, el teclado de mi Vaio y el aire libre. Luego está, por supuesto, el mate, que es una costumbre de lo más argentina pero que no puedo disociar de la escritura. Tomo mate, releo y escribo. ÁY está el tabaco! Es terrible asociar el tabaco al ritual de escritura, sobre todo si quieres dejar de fumar. Yo no fumo mucho, pero estoy intentando asociarlo a la escritura, para que al menos el enganche sea útil. Ahora intento fumar solo cuando escribo. Lo cual, en teoría, debería hacerme escribir más. Pero me temo que no soy una fumadora del todo enganchada y esto no me sirve del todo.
Le he dado vueltas a todo esto después de leer el siguiente párrafo de un libro muy gordo sobre el cerebro y su funcionamiento real —no eso que nos han enseñado tanto tiempo que las neuronas no vuelven a crecer — que me lleva acompañando unos meses. El autor, Joe Dispenza, está hablando, justamente, de escribir a máquina:

Seguro que se te ocurren una docena de habilidades que has aprendido a lo largo del tiempo y que ahora te resultan tan naturales como respirar. y con ´naturalesª no me refiero a sencillas. Una nueva habilidad se convierte primero en automática, después en subconsciente y, por último, cuando dominamos de verdad esta habilidad en particular, en inconsciente (es decir, no pensamos en ella en absoluto).
Una vez que ocupamos nuestra percepción consciente en un pensamiento o una experiencia y la meditamos de forma repetida, la probamos continuamente y la ponemos en práctica sin cesar, las neuronas de nuestro cerebro comienzan a activarse y tratan de unirse con otras en un intento por establecer una relación más duradera y firme. Tras una activación continua, las neuronas comienzan a liberar sustancias químicas a nivel sináptico, lo que las permite agruparse y crear conexiones más fuertes.

Lo que quiero decir es que tenemos que ponernos las cosas fáciles. Allanar el camino. Ver qué tipo de cosas nos ayudan a escribir. A mí me cuesta muchísimo ponerme a escribir, me cuesta mucho disciplinarme en cualquier actividad repetida. El secreto, para mí, es repetir ciertos rituales que asocio a algo para, al cabo de un tiempo, no tener ni que pensar en ello cuando lo haga. Llegar ahí antes que me de pereza empezar. El cerebro está preparado para aprender por repetición, para crear vínculos más fuertes en repeticiones en las que insistimos. Y cuando el cerebro automatiza algo, nos allana el camino. Si el cerebro no tiene que gastar tiempo en pensar dónde están las teclas del teclado, tanto mejor. Lo de las teclas es un ejemplo muy básico, pero por lo que yo he visto funciona para todo aquello que integramos. A veces lo integramos tan dentro que nos convertimos en radicales: ´no, jamás de los jamases puedes poner un adjetivo delante del nombreª. Pero desandar ese camino es otro tipo de pelea. Aunque tal vez no sea tan distinta.

3 pensamientos sobre “Los rituales de escritura

  1. ÁCuánto me alegra, pequeña, saber de tu taburete naranja, tu Vaio y el aire libre! Qué ganas de leer esa novela. Enhorabuena, escritora. Un abrazo enorme.

  2. Gracias por compartir tus rituales secretos a la hora de ponerte a escribir, Mariana. Eso también allana un poco el camino para los que estamos empezando. Hasta ahora, cuando me decía: «uy, no, sin la pluma de tinta azul no puedo escribir nada…» y tenía que ir por ella sin falta, me sentía un poco rarita. Pero tambien me daba cuenta de que era como encaminar el cerebro hacia una dirección concreta, abrir la puerta para empezar a escribir. Así que, mi pluma azul, tu taburete naranja de plástico, esa terraza en Madrid… si nos sirven para entrar en la página blanca, ¿por qué no los vamos a utilizar?
    Besos,
    Rosa

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