Disfrutar de la ficción

Anoche soné con un gato gris. Estaba infectado de una enfermedad extraña, era contagioso y había que matarlo. Matarlo para no morir con él. Toda la gente a la que quiero estaba encerrada en un edificio sin salida con el gato infectado. El ascensor estaba bloqueado y no podíamos salir. Teníamos pocas armas. Y no queríamos matar al gato, yo no quería matar al gato. Me desperté a las siete tan tranquila, otro sueño relacionado con la película que había visto por la noche, o el libro que había leído, o lo que fuera que había escrito. Si no sabes que es un sueño no lo disfrutas. No es como una película de terror, que la disfrutas porque sabes que es una película. Ese gato gris va a contagiar a toda las personas a las que quieres, y eso no hace ninguna gracia. Hasta que te despiertas y todo explota como una burbuja. No hay gato. No hay infección. Nada, ni edificio. Vale, sería mucho mejor saber que es un sueño. Igual que sabes que la ficción es ficción, y entonces te dejas llevar. No hay gato. No hay infección. Nada, ni edificio. Es todo un juego. Nos entretenemos mucho con todo esto, ¿no? Mientras la ficción nos enganche con alguno de los varios anzuelos que tira al mar. La ficción, la buena, la que sabe lo que hace y deja el suficiente espacio abierto, es como un pescador paciente y concienzudo. Alguno picará, y cuando pique ya no hay vuelta atrás. Muerdes el anzuelo y te sacan a tirones del mar.

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