Los chinos no toman café

Conversación mantenida una de estas mañanas laborables a pie de barrio. Son las 9.45 de la mañana. El todo a cien de mi calle está cerrado, cosa rara, porque abren siempre a las 9.30 y cierran, como pronto, a las 22.00. Un señor está junto a la puerta, con la nariz bien pegada en el cristal. Dentro hay luz. Me acerco, se aparta un poco mientras intento abrir la puerta. Está cerrada.
—Qué raro. Habrán salido un momento —digo, en un intento de comunicarme con los vecinos.
—Los chinos no toman café. ¿No? —me dice—. No toman café.
¿Qué se responde a una pregunta así?
—Bueno, ya volverán. Yo vengo en un rato.
—Es indignante —dice—, no avisan, ni nada. ¿Quién se han creído? Si no toman café.
Le miro.
—Habrán salido un momento —digo.
Nunca he visto este todo a cien cerrado, ni a la hora de comer, ni los sábados, ni los domingos. Ni los festivos.
—¿Sabes dónde hay otros chinos? —me pregunta.
Le digo que no, que no hay ninguno así de grande. Bueno, tres manzanas más arriba hay otro, pero no se lo digo. Hago ademán de irme, pero me sigue hablando.
—Es que claro, estos chinos tienen unos slips fantásticos. Clavaditos a los del Corte Inglés. Y cuestan solo dos euros en lugar de doce.
—Aja. Qué suerte.
—ÁDos euros! Y son clavaditos.
—Buenos días —le digo, y me voy.
—Y muy cómodos —insiste, ya para sí mismo. Veo que se acerca a la puerta una mujer, que también quiere entrar. Se repite la operación. Y oigo que le dice:
—Los chinos no toman café, ¿no?

Un pensamiento sobre “Los chinos no toman café

  1. Tanto me gustó la lectura que perdí el autobús estando en la parada, ni el chirrido de los grandes frenos, ni el ruido de los compresores inclinando el vehículo consiguieron que levantase la vista del libro. Sin embargo, antes de que viniera el siguiente, unos gritos que prometían disfonía me obligaron a levantar la cabeza.
    Lixue, tan modosita y tranquila como parecía detrás del mostrador, estaba golpeando violentamente el cristal de un Seat León mientras gritaba silabas incomprensibles. Toda la calle quedó en silencio mirando la extraña escena. “Pobre china, le ha atropellado el pie. Hay que tener mucho cuidado. ¿No lo has visto hijo?”, me dijo la cincuentona que tenía al lado.

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