Un ser vivo que respira

Hace unos días, muy pocos, empecé a ir a Sol. El jueves me pasé un rato corto, más con intención turística y curiosa que otra cosa. Por mucho que vayas con esa intención o sin saber nada del asunto el campamento te atrapa. Y no hay otro sitio después donde se pueda ir, ni otra cosa que se pueda hacer. He pasado muchas horas allí el viernes, el sábado, y el domingo. Y aún estoy maravillada de lo que es. De lo que está siendo posible. En Sol. En el centro de Madrid. En toda la plaza. Y en las calles de alrededor, porque la acampada se extiende y se respira por toda la zona. Es un ser vivo. Y claro que respira, va creciendo como sin querer, con una mezcla de organización perfecta y caos que le da vida a borbotones. Pasas por allí y no ves manos quietas, ni siquiera a las ocho de la mañana cuando están despertando: ya hay gente en los puntos de información, ya hay gente preparando desayunos, y gente que se ha quedado despierta toda la noche. Gente actualizando la pizarra con la lista de cosas necesarias y urgentes para el día. Manos. Seguir leyendo

El barco gigante (3)

La tenían delante. La ballena gris. Sacó del mar medio cuerpo y expulsó agua en ráfagas. Me rodeaban cientos de personas en cubierta y ninguna fue capaz de ver la ballena. “Miren, miren la ballena gris. Está tirando chorros de agua”. Ni siquiera pudo verla la niña de cinco años que estaba colgada del pantalón de su papá. “Ahí, justo en el medio, ¿cómo no puedes verla ni siquiera tú?” La niña me miró curiosa. Enseguida se distrajo por la música de la piscina de cubierta, se fue corriendo hacia allí porque alguien estaba tirando caramelos al aire.

Dieciocho de abril

´Hace treinta años, en un hospital pequeño, de Angra dos Reis, en un día templado de principios del otoño brasileño, nacía Mariana Torresª. Esto dijo mi padre cuando me llamó por teléfono. Era otra vez dieciocho de abril, era lunes, y me había escapado de todos para regalarme el día. Salí de casa a primera hora con una mochila, un bocadillo y un cuaderno —huyendo del ruido de las obras de los vecinos— y caminé a la deriva, intentando meterme por calles por las que no había caminado antes. Subiendo a autobuses al azar. Siguiendo a personas que parecían no saber dónde iban. No es tan difícil perderse en una ciudad que conoces: solo hay que dejar de pensar. Cuando llamó mi padre la deriva hizo que estuviera sentada en la Estufa de las Palmas del Jardín Botánico. Es un paraíso húmedo en medio del jardín, diminuto y algo escondido, que normalmente está desierto. Como mucho, en un laborable como el lunes, entra de vez en cuando un niño de cinco años gritando hoooola desde la puerta, y cuando te descubre sentada tan quieta entre el musgo piensa que llevas ahí desde siempre y te señala con el dedo, tan Seguir leyendo