Helsinki en tres

La nevada nos construye Helsinki la primera noche. El viento se ha marchado y la nieve cae encima de todas las cosas para distraerlas del sentido. Las calles y las aceras y los coches no se distinguen del resto del mundo, toda la ciudad se convierte callada en un mimbre blando. El mundo es nuevo y libre, caminamos a la deriva, pateando la nieve que se amontona en las esquinas. Entre risas y entre silencio, rodeados de estalactitas de hielo que nos atrevemos a arrancar de las paredes para comprobar cómo se nos derriten en las manos. Los pájaros de invierno permanecen en el puerto, pacientes, vuelan en bandadas antes de que el viento cambie otra vez de dirección, los pille distraídos, y tengan que posarse sin remedio en la tierra.

Tampere en dos

Tampere es una ciudad esdrújula, su nombre hay que susurrarlo un poco, apoyando todo el peso en la primera sílaba y en la segunda pisada en la nieve. En Tampere las cosas no parecen lo que son, el exterior siempre es más frío, y tiene más árboles, y más nieve, y más hielo, y las islas que se perfilan entre neblina del lago son tan inventadas como un producto de nuestro sueño recobrado. Porque no puede existir una ciudad tan callada, con chimeneas altas que escupen un humo que no sube, con niños jugando en la nieve como si fuera arena, plantas de bayas rojas escarchadas, buzones para cartas que son gusanos de acero, iglesias de piedra con serpientes sin cabeza guardando la cúpula, retratos de una muerte sonriente regando pequeñas plantas de flores cuadradas, un pez globo disecado, un mummy metálico a escala real y un duende de cabeza rosada que baila en las escaleras.

Orivesi en uno

En Orivesi hay un apeadero de trenes donde llegar a medianoche en invierno. Un bosque de pinos callados a los dos lados de la vía. Aire frío y nuevo, en la parte más al norte del mundo. Silencio, ganas de romperlo, y un taxi con calefacción que aparece de la nada. En Orivesi las casas son calientes por dentro. Orivesi significa agua y también caballo, o caballo de agua, o agua para que beban los caballos. Hay una estatua de metal en el centro del pueblo, y varios lagos helados. Uno al que nunca llegamos. En Orivesi hay un pub escondido al que solo podrás entrar si estás en el momento adecuado en el sitio justo, preguntas a unos chicos parados en medio de la calle y te fijas en el cartel manuscrito de la puerta que no parece una puerta. En Orivesi hay una chimenea encendida en una vieja granja casa en medio de la tundra, hay un colegio mayor donde los estudiantes son tan libres que cantan y recitan en la calle y los ascensores. Hay nieve en otoño, mucha nieve, y junto a cada puerta un cepillo para sacudir los zapatos, y las prisas, y todas las Seguir leyendo

Entender al narrador

Un par de clases atrás me tocó explicar, otra vez (otro año), un tema sobre el narrador. En todos los temarios de la Escuela hay varios temas sobre el narrador (como es natural). Cada cierto tiempo llega un tema sobre el narrador, y son todos interesantes y aportan muchísimo. Pero no me gusta empezar a explicar el narrador con alguna de las varias clasificaciones que podemos hacer en función de si es un personaje o no de la historia, de si está o no metido y hasta qué punto en la mente del personaje… Que lo explico, claro, pero no me parece un buen punto de partida. Dándole vueltas al punto de partida recordé este fragmento de Umbral, en Mortal y rosa: Escribo por el placer de desaparecer. Es mi forma de transparencia. Todos hemos querido ser invisibles alguna vez. El éxtasis, la levitación. El mundo y la escritura se intercambian reflejos, luces, y yo estoy en medio, entre dos fuegos, desaparecido, sin peso. Escribir es ausentarse. Escribir es perder peso. Un adelgazamiento súbito. Qué insoportables, luego, mis setenta y ocho kilos. Quizá la literatura sea eso. Desaparecer en la escritura y reaparecer, gloriosamente, al ser leído. Por eso no Seguir leyendo