El abismo recobrado

Estoy de pie delante del acantilado. A mis espaldas queda el bosque, un bosque de árboles frutales y margaritas salvajes que crecen en montones hasta la puerta de la cabaña donde la que he vivido estos años. Bonita cabaña, con sus maderas nobles y su olor a leña en invierno, el agua de la fuente del jardín. Giro la cabeza para mirar la cabaña por última vez, la chimenea debe estar encendida porque sale un humo gris a bocanadas. El acantilado siempre estuvo aquí, tentador. Ahora tengo que saltar. Sé que por mucho que crezcan los árboles el acantilado no desaparecerá. Me pongo de puntillas y me impulso. Cuando siento que se despegan mis pies del suelo no sé si saldré volando o me estrellaré en las rocas. Pero no tengo miedo.

Ritual

Con las dos manos cavo un hoyo en la tierra oscura. Huele a raíces. A humedad. En el hoyo acomodo la botella de arena, la tumbo con el tapón hacia un lado. La arena se inclina en su interior. Con las dos manos cubro la botella con tierra húmeda. La tapo bien para que no quede ningún hueco vacío, la tierra se amolda a su forma. Aplasto la tierra con las dos manos, apoyo todo mi peso. Me levanto. Doy un paso. Surgen baldosas debajo de mis pies, a cada paso surge una nueva. A cada nuevo paso las baldosas que dejo atrás desaparecen.