Un rescate

Porque estamos en primavera, porque hace varios meses que no monto en tranvía y porque por fin las plantas de mi casa están reviviendo, dejo aquí está columna de Ángel Zapata, algo antigua ya, supongo, y que he rescatado de unos apuntes suyos sobre la prosodia, publicados en los manuales de Fuentetaja. Y que podéis rescatar de la antigua página de Isabel Cañelles. El texto se titula “Los tranvías”, ay, los tranvías.

Los tranvías, como los buenos toreros, supieron retirarse a tiempo, convertirse en leyenda, y que la gente los recuerde ahora óÁah, los tranvías!ó con esa nostalgia que emborracha un poco, o en esa borrachera, según, que da un poco de nostalgia. Porque uno tiene apedreado óla mala idea de los niñosó aquel tranvía de Peñagrande que cruzaba desmontes, tomillares, arroyos, por las afueras de la ciudad, y moría entre casas de adobe, perros furtivos, guardas con canana cruzada en el pecho, en la linde de El Pardo. Pero ya por entonces, mediados los sesenta, los tranvías se hicieron más espigados, con el morro de quilla, parientes de las barcas que había en la verbena, y eran tan sosos como el autobús, tan anodinos, tan municipales.

Sin ese algo de templete con ruedas que tuvo siempre el tranvía, de pabellón de invierno que se ha echado a la calle, entre ferroviario y rococó, daba un poco lo mismo óla verdadó que los quitaran o los pusieran.
La ecología, el urbanismo, el buen sentido a secas, piden la vuelta de los tranvías, en los últimos tiempos. Y a mí, qué voy hacerle, un tranvía de diseño, un tranvía ergonómico óperdónó, como imagino los de ahora, me parece un transporte conveniente y limpio, pero no un tranvía. Porque el tranvía era un lujo con el que se adornaba la ciudad, como a veces se adorna el torero para cerrar el lance; un capricho, diríamos, más que un remedio a nada.
Goleta que navega entre adoquines, quiosco que se anda, el tranvía era un juguete, con algo de corral, de sonajero, en la niñez de las ciudades.
Debajo del asfalto no está la playa ócomo se dijo en el sesentayochoó, sino el lento rodar de los tranvías. Nacido con el siglo, pupilo de la acera y del acero, el tranvía no quiso crecer. Sacarlo del museo, del desguace, volverlo razonable, adulto y funcional, sería un empeño ocioso, odioso, y otra forma de olvido. El tranvía es el tiempo recobrado. A la infancia se vuelve, si se vuelve, en tranvía.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>